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En Bogotá estuvo un tiempo en casa de su hija, quien tuvo problemas con su marido
pues ella estaba enferma y él tenía que trabajar para mantenerlos. A ella le “tocó
hasta pedir limosna”. Después, la testigo y sus hijos menores se mudaron a “una
casa encerrada en latas […] y plásticos” que era de su hermano. Sus hijos lloraban
de hambre, pues ella no conseguía trabajo. Nunca ha regresado a su casa porque
“piensa [que la] pueden matar […] también, con [su]s hijos.”
Como no vio muertos a sus hijos y esposo se “ha[ce] la idea que ellos están vivos”.
Sin embargo, cree que nunca verá los cadáveres. Siente tristeza y soledad, ya que
no tiene “nada y moralmente est[á] destrozada por la falta de [su]s hijos y [su]
esposo”. Sus demás hijos están muy traumatizados y lloran mucho. Ella no puede
dormir tranquila y sueña “cosas tremendas” de sus hijos y su compañero.
Desde la desaparición de su esposo y sus dos hijos se ha sentido muy enferma. Dos
años despúes le dio hepatitis y tiene cirrosis. También sufrió de paludismo cerebral y
ha estado en cama sin nadie que la apoye.
Ha conversado con cerca de veinte personas desplazadas de Mapiripán, quienes le
han contado que perdieron a familiares durante los hechos. Les comentó del
presente caso y le dijeron que “ni muertos decían nada, porque ellos sabían que
corrían peligro y [l]e dijeron […] que no lo siguiera haciendo porque tenía el lazo al
cuello.” Ella siente “bastante temor” por haber declarado, sobre todo cuando regrese
a Colombia.
Quiere que se haga justicia “porque ha[y] muchos que est[án] sufriendo”. La justicia
es necesaria “para que no sigan masacrando la gente”. Solicitó “que se acuerden
que [ellos tienen] la vida en un hilo [y que] recuerden que […] también so[n]
Colombia y t[ienen] derecho a la vida. [Asimismo, solicitó] que [les] den la
oportunidad de criar [a sus] hijos y seguir adelante”.
d) Nory Giraldo de Jaramillo, compañera de Sinaí Blanco Santamaría
El día de los hechos se llevaron a su esposo por la noche y al día siguiente en la
mañana ella y su hija encontraron su cuerpo degollado y “amarrado con una piola en
los brazos hacia atrás”. Después lo sacaron en una avioneta y lo sepultaron en San
Martín.
Ella trabajaba con su esposo en un negocio; vivían cómodamente y todo lo que
tenían era propio. Sin embargo, “todo se perdió cuando [ella] sali[ó] de allá”.
Fue obligada a desplazarse de Mapiripán, porque cuando mataron “a [su] esposo era
la lógica que [ella] tenía que salir de allá”. Su vida cambió “totalmente [pues] la
vida para un desplazado es muy dura porque [se] siente miedo de todo, no [hay]
forma de trabajar, no [se] tiene forma de sustento, [se] tiene que acudir hasta a
mendigar una caridad de cualquier persona que se la quiera dar”.
La muerte de su compañero afectó la vida familiar “muchísimo, moralmente,
económicamente, todo, en todas formas”. Ella jamás volvió a ser la misma y cada
vez que recuerda “el dolor es terrible”. Siente “dolor, desespero, rabia, por todo el
daño que [le han hecho]”. Siente miedo por sus hijos.
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