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Justicia, para la testigo, “significa un bienestar para [ella] y [sus] hijos y que
castiguen a los culpables”.
e) Marina Sanmiguel Duarte, esposa de José Rolan Valencia
El día de los hechos su esposo fue sacado de su casa delante de ella y de sus hijos
por un grupo paramilitar, quienes lo “amarraron con las manos atrás y se lo llevaron
de la casa”. Al día siguiente lo encontró “por el lado de la pista y la carretera, el
cuerpo estaba hacia un lado y la cabeza de él estaba al otro lado”.
Se vio obligada a desplazarse de Mapiripán porque “pens[ó] que ellos volvían,
porque ellos sí lo habían dicho de que ellos volvían otra vez”. Como desplazada se
siente rechazada por la gente y no es fácil conseguir trabajo en ninguna parte.
La muerte de su esposo y padre de sus hijos ha afectado “el rendimiento académico
[de éstos] y [su] ánimo […] no es igual[. Además,] les ha tocado prácticamente
criarse solos en la casa porque [ella] no h[a] podido estar con ellos”. Siente miedo
por su declaración rendida ante la Corte por “su llegada al sitio donde viv[e], porque
hay mucha gente de esa y no sab[e] qué pueda pasar”.
Piensa que el Estado puede hacer “algo para que [sus] hijos sigan estudiando y para
poder darle un buen tratamiento a [su] hijo […] enfermo y para poder sobrevivir un
poco mejor, tener una vida mejor”. Para ella justicia significa que “todas las
personas que están involucradas en esta masacre paguen […] por todo lo que
hicieron y que no se vuelva a repetir en ninguna parte”.
f) Viviana Barrera, hija de Antonio María Barrera
Vivía en Villavicencio cuando ocurrieron los hechos y visitaba a su padre cada tres o
cuatro meses. Al enterarse de lo ocurrido se trasladó a Mapiripán, donde le
informaron que habían matado a su padre. Ella pidió ver el cadáver pero le dijeron
que no era posible pues “había sido destrozado”.
Su padre deseaba lo mejor para ella y sus hijos; él les compró una casa en Mapiripán
–donde vive ahora– y “trató de dar[les] todo lo que necesita[ban].” Su padre le
mandaba el dinero para el arriendo de su casa en Villavicencio y mantenía a la
testigo y a sus cinco hijos, incluyendo el estudio.
Después de los hechos su vida cambió mucho; tuvo que trabajar y que cambiarse de
casa a otra “menos costosa y humilde”. Desde entonces le han faltado muchas cosas
económicamente. Además, le falta apoyo moral y siente “un vacío inmenso y una
tristeza muy grande”.
El hecho de vivir actualmente en Mapiripán le produce “un gran temor porque hace
un año [l]e tocó sacar [a Medellín] a [su] hijo mayor porque los paramilitares lo
amenazaron”.
Para ella, justicia “es que los que hicieron eso […] pag[uen] de alguna manera […]
sea quien sea [para] que nada de esto v[uelva] a suceder así y que no […] queden
impunes tantas cosas”. Además, solicitó “que hagan algo realmente productivo por
[Mapiripán] ”.
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