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21.
La ejecución de medidas coercitivas, de suyo delicadas y peligrosas, sobre
todo cuando atañen a la libertad personal, debiera realizarse en espacios físicos
adecuados, que no extremen o agraven la medida, añadiendo a sus naturales
consecuencias otros efectos dañinos, y estar a cargo de personas debidamente
seleccionadas y preparadas para este desempeño, bajo riguroso control y
supervisión.
22.
La Corte Interamericana de Derechos Humanos ha sostenido que el Estado
asume una condición de garante, con las obligaciones respectivas, con respecto a los
bienes y derechos de quienes se hallan sometidas a privación de libertad bajo la
jurisdicción del Estado mismo. Esta posición de garante trae consigo cierto deber de
cuidado, como antes manifesté, que se traduce en acciones y omisiones cuya
realización es necesaria para satisfacer aquél en el caso concreto, conforme a las
circunstancias. No se trata de deducir consecuencias solamente del deber general del
poder público de proveer seguridad y protección a las personas sujetas a su
jurisdicción, sino de establecer el carácter específico, directo e ineludible de ese
deber en el caso de quienes están sometidos, de la manera más intensa y completa,
de jure y de facto, a la potestad de autoridades públicas que tienen a su cargo la
custodia misma de esas personas o el control de su situación (un concreto deber de
cuidado en ambos casos) aun cuando se hallen bajo la atención de un tercero.
23.
Como establecimientos y sistemas, la prisión y las instituciones de detención
y “tratamiento” para menores de edad corresponden a la categoría de las
“instituciones totales”, en las que la existencia se halla sujeta a régimen minucioso y
exhaustivo. El campo de la libertad se reduce drásticamente en manos del Estado
rector de la institución y, por ende, de la vida de quienes se hallan
“institucionalizados”. Por lo tanto, el Estado, cuyo ámbito de autoridad crece
extraordinariamente, debe asumir las consecuencias de esa autoridad. En tal virtud,
responde de muchas cosas que normalmente correrían bajo la responsabilidad de los
interesados, dueños de su conducta. Por eso tiene un extraordinario “deber de
cuidado”, que no existiría en circunstancias diferentes.
24.
Así, el Estado es garante de la vida, la integridad, la salud, entre otros bienes
y derechos, de los detenidos, como lo es de que las restricciones correspondientes a
la detención no vayan más allá de lo que resulte inherente a ésta, conforme a su
naturaleza. En mi Voto particular concurrente en el Caso Hilaire, Constantine,
Benjamin y otros vs. Trinidad y Tobago, Sentencia del 21 de junio de 2002, señalé
que la función de garante implica: a) omitir todo aquello que pudiera infligir al sujeto
privaciones más allá de las estrictamente necesarias para los efectos de la detención
o el cumplimiento de la condena, por una parte, y b) proveer todo lo que resulte
pertinente --conforme a la ley aplicable-- para asegurar los fines de la reclusión:
seguridad y readaptación social, regularmente, por la otra”.
25.
Existe, pues, un lindero preciso entre la actuación legítima del Estado y la
conducta ilícita de sus agentes. Queda a cargo del Estado informar, explicar y
justificar, en cada caso particular, la reducción de los derechos de una persona, y por
supuesto la pérdida misma de sus bienes, principalmente el bien de la vida, cuando
esto ocurre mientras el Estado ejerce su función de garante, sea que el resultado
lesivo se produzca como consecuencia de una conducta activa --o ésta signifique, por
sí misma, violación de las normas internacionales--, sea que provenga de una
conducta omisiva, que es la hipótesis que viene al caso, en el orden penal, cuando se
incurre en comisión por omisión. En cualquier hipótesis, se trataría de la actuación
anómala, indebida o ilícita en el desempeño de una función pública, que trae consigo
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