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vida, y es una de las partes del cuerpo donde a uno todos los días está
recordando que sucedió, así que no es fácil de llevar con eso”.
El testigo se sintió en la obligación de denunciar su caso particular de tortura
debido a que sabía que lo ocurrido “estaba mal”. Además, tenía las
esperanzas de que se hiciera justicia, lo que para él significa que: “la persona
que cometa un hecho, que dañe a una persona, por solamente gusto, […] sea
juzgado”.
El testigo indicó que, cuando las investigaciones contra el Coronel Enciso
Barón y el civil Ricardo Dalel fueron precluidas, sintió mucha angustia por la
existencia de impunidad en su caso. De igual forma, el testigo se indignó
mucho cuando se adujo la teoría de que se había autolesionado. Decidió
denunciar los hechos ante la Comisión Interamericana y ante la Corte
Interamericana debido a que en Colombia no hubo “opción de justicia”, pese a
que trató, por todos los medios que permite el Estado, de buscar justicia. En
su criterio, una sentencia de la Corte es “la pauta para que esto no vuelva a
suceder nunca; esto sienta un precedente donde ninguna persona puede ser
tratada inhumanamente”. Asimismo, el testigo señaló que pese a que no es
fácil que en la sentencia se revelen cuestiones íntimas sobre él, está de
acuerdo con que se lo haga, si eso contribuye a que a otras personas no les
suceda lo mismo.
El testigo señaló que, como consecuencia de haber denunciado la tortura, y
así se lo dejaron saber, su familia – en particular su hermano Ricardo, sus
padres y él – fueron objeto de persecuciones, hostigamientos, amenazas,
llamadas telefónicas, atentados con explosivos, allanamientos y/o
encarcelamientos.
Todos
estos
actos
de
hostigamiento
afectaron
profundamente la vida personal y laboral del testigo: “nunca pude tener un
trabajo estable, nunca me dejaron realizarme como una persona normal, ya
que a los sitios donde yo llegaba siempre llegaban los hostigamientos”.
Incluso, sus padres tuvieron que salir de su casa, de sus bienes y acabar con
lo poco que tenían debido a los continuos hostigamientos de que eran objeto.
Su padre murió en “la miseria más grande que pueda existir en el mundo”.
El testigo no sabe cómo podría el Estado reparar el daño que le causaron y
devolverle su familia, los once años de su vida perdidos y su relación con su
hijo – quien fue llevado hace casi 7 años a los Estados Unidos por su madre –
y con quien perdió casi todo contacto, pues sólo hablaba ocasionalmente con
él vía telefónica. Hace unos meses atrás el testigo finalmente recuperó la
custodia de su hijo Kevin y vive con él.
El testigo teme por la vida de su familia y de su hermano. Hace casi once
años empezaron los hostigamientos y no han parado. Incluso, después de
declarar ante la Comisión, sufrió un atentado estando con sus padres. Las
medidas cautelares otorgadas por la Comisión tampoco han surtido efectos
positivos.
b)
Testimonio del señor Ricardo Gutiérrez Soler, hermano de
Wilson Gutiérrez Soler
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