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VOTO RAZONADO DEL JUEZ SERGIO GARCÍA RAMÍREZ
CON RESPECTO A LA SENTENCIA DE LA
CORTE INTERAMERICANA DE DERECHOS HUMANOS
DEL 29 DE MARZO DE 2006,
EN EL CASO COMUNIDAD INDÍGENA SAWHOYAMAXA VS. PARAGUAY
I.
Cuestiones procesales: procedimientos efectivos y plazo razonable
1.
En el caso que ahora nos ocupa quedan de manifiesto nuevamente --como ha
sucedido en otros litigios llevados ante la Corte, que dieron lugar a una jurisprudencia
cada vez más amplia y comprensiva-- los problemas asociados a la tutela efectiva -jurisdiccional o no-- de los derechos individuales, esto es, visto desde cierta
perspectiva, al acceso a la justicia. Ha dicho Mauro Cappelletti que el acceso a la
justicia constituye el “más fundamental de los derechos”, como recordé el 28 de marzo
de 2006 en mi discurso de inicio del XXVII Período Extraordinario de Sesiones
desarrollado en Brasilia, en el que la Corte Interamericana deliberó acerca del Caso
Comunidad Indígena Sawhoyamaxa vs. Paraguay y adoptó la sentencia que acompaño
con este Voto.
2.
Ciertamente, esa expresión feliz del jurista italiano no coloca el acceso a la
justicia, un derecho de todas las personas, por encima del derecho a la vida, condición
para que existan los restantes, sino lo destaca como exigencia para que los otros sean
practicables cuando se hallan en riesgo, se les desconoce o son atacados, es decir,
para que se trasladen del aura de las buenas declaraciones a la inmediata realidad de
la existencia. Por la puerta que brinda acceso a la justicia discurre la defensa de todos
los derechos: he aquí un supuesto del goce y el ejercicio, requisito de vitalidad, si se
me permite la expresión, de facultades, libertades y prerrogativas.
3.
El acceso a la justicia suele tropezar con infinidad de obstáculos. Unos tienen
que ver con la existencia misma de medios legales para reclamar el interés o el
derecho y exigir la obligación correspondiente; otros, con la legitimación para
emprender este camino; algunos --vinculados con los anteriores-- con la
representación en juicio; no pocos, con las condiciones, exigencias y laberintos del
proceso; y más de algunos con la duración inmoderada del enjuiciamiento --o más
ampliamente-- del procedimiento conducente al goce y ejercicio del derecho
cuestionado, duración que puede convertirse en denegación de justicia. Lo asegura un
popular aforismo: “justicia retardada es justicia denegada”.
4.
Esas vicisitudes, producto de muchas fuentes --no siempre de la malicia-suelen presentarse con especial frecuencia y virulencia en el camino que deben
recorrer los individuos menos provistos de apoyo y fortuna, integrantes de sectores
sociales marginados, cuyo conocimiento de los propios derechos y capacidad para
reclamarlos son a menudo escasos y se hallan enervados por factores que provienen
de antiguas y persistentes desigualdades. La imposibilidad de acceder a la justicia
constituye, precisamente, un rasgo característico de la desigualdad y la marginación.
Es aquí donde se advierte con toda evidencia la necesidad de que el Estado --el Estado
benefactor de quienes no podrían avanzar con sus propios medios-- salga al paso de
obstáculos y desigualdades, empleando medios de compensación, materiales y
formales, que abran las puertas de la justicia. No se trata de que el Estado mueva a
capricho los platillos de la balanza, sino de que cuide que los haya efectivamente y que
ninguno de ellos se incline de antemano.
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