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lo anterior, se destacan los efectos en sus familias, en quienes recae el
cuidado y soporte del paciente.
La represión de la ira y la desesperanza de las víctimas y sus familiares, al
saber que el sistema de justicia no ha funcionado, tiene nefastos efectos en la
salud física y psíquica, impide realizar el duelo necesario, mantiene abiertas
las heridas psicológicas. Se han observado trastornos psicosomáticos que
pueden relacionarse con ira y angustia prolongadas. Estos sentimientos son
agudizados ante cualquier figura de autoridad, en este caso agentes del
Estado, aumentando la sensación de desprotección y vulnerabilidad que
padece la persona de que se trata pues quienes ocasionaron el trauma son
precisamente quienes tienen la función social de proteger a la población.
Se observan diferencias significativas en relación con los procesos de duelo en
casos de muerte natural respecto a la muertes como resultado de violencia
exterior. Cuando la muerte es natural, el duelo pasa por sus fases naturales
y termina resolviéndose con la resignación y reanudación de la vida cotidiana
en lapsos relativamente cortos. En el caso de desapariciones forzadas la
cotidianeidad normal prácticamente nunca se vuelve a recuperar, pues el
duelo queda congelado en una de sus fases, relacionado con la rabia y la no
aceptación del desenlace. También se producen sentimientos de culpa del
sobreviviente junto con la imposibilidad de cerrar de manera adecuada el
proceso, por lo que dichos sentimientos se constituyen en fuente recurrente
de dolor y angustia.
La muerte de un hijo en condiciones de violencia externa es uno de los
mayores “estresores” que puede experimentar el ser humano. Sobre los
hermanos el efecto traumático se produce en dos vías: por el efecto del dolor
y la culpa y la alteración de toda la dinámica familiar causada por el dolor de
los padres, quienes quedan fijados al recuerdo del hijo desaparecido.
Los efectos emocionales de un trauma de esta naturaleza pueden agravar una
enfermedad mental o física. En estos casos, tanto víctimas como familiares
han presentado síntomas y enfermedades físicas de distinta índole en una
proporción mayor a la esperable para la población general.
En los casos bajo estudio, las familias vieron afectada significativamente la
asignación de roles intrafamiliares y la dinámica general de sus miembros. El
dolor emocional por las circunstancias que rodearon los eventos traumáticos
(falta de información y negación por parte de los organismos responsables,
deambulación por centros asistenciales, esperas en la morgue, etc.) crearon
sentimientos ambivalentes muy intensos.
En el caso de muerte o
desaparición de la figura masculina (padre, hermano o hijo sostén del hogar)
perdieron status económico y aún las condiciones mínimas de subsistencia, de
apoyo y soporte para proyectos futuros de superación familiar. Para los
sobrevivientes con discapacidades permanentes, los hechos significan además
pérdida del trabajo, la pareja, la independencia personal, para dar paso a una
“situación de carga dependiente”.
En relación con las familias de las víctimas que no conocen el paradero de
estas últimas, sería indispensable que dicho paradero se determinara, y sería
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