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Su familia ha recibido amenazas. A su hija Gisela le mandaron una ofrenda floral a
APRODEH que decía que iba a morir; a sus hijas menores “dos policías se les acercaron para
decirles que no comenten nada”; asimismo, “en la esquina de [su] casa había policías para
vigilar[los]”.
Está preocupado por la seguridad de su hija Gisela, quien además de no haber concluido sus
estudios, “se nota que la ha afectado esto porque el carácter de ella es muy fuerte y antes
no era así”. Además, siente mucha pena porque nunca volverá a ver a su hijo.
Recibió una indemnización por parte del Estado por la desaparición de su hijo en 1995. Sin
embargo, a catorce años de lo ocurrido siente que “todavía no hay justicia”
Finalmente, solicitó a la Corte que ordene al Estado “que desaparezca ese trato como
terroristas”.
d)
José Ariol Teodoro León, padre de Robert Edgar Teodoro Espinoza
Su hijo había sido criado por él, su abuela y su madre de crianza. Cuando se enteró de la
desaparición de su hijo se “desmorali[zó y pensaba] lo peor”. Él y su esposa le llevaban
ropa porque pensaban que estaría pasando frío.
Se enteró sobre el descubrimiento de las fosas a través de la revista “SI”. Su esposa y él se
turnaban para ir a las excavaciones todos los días. Reconocieron un pedazo de pantalón y
de chompa de su hijo.
Sintió “dolor[,] angustia [y] pena”. Su familia y él seguirán “sufriendo hasta la muerte”. “Ya
no quier[e] trabajar. ¿Para qué? […] si ya [se va] a morir más bien”.
Solicitó a la Corte que ordene al Estado que les devuelva los restos de su hijo; que se
termine “de una vez el juicio de La Cantuta”; que disponga “una sanción ejemplar”, y una
reparación.
e)
José Oyague Velazco, padre de Dora Oyague Fierro
Su hija estaba estudiando educación inicial y quería “construir un colegio y dirigirlo”.
Se enteró de la desaparición de su hija “porque ella debería regresar un día viernes y no
llegó, entonces fu[e] a la Universidad a buscarla y el Ejército no [lo] dejó entrar”. Sintió “un
nerviosismo, [l]e vino un presentimiento de que algo feo iba a pasar[. Posteriormente,] al
ver el nombre de ella [en el diario se puso] a llorar, porque s[intió] que algo le había
pasado”.
Su hermano y él presentaron una denuncia ante la Fiscalía. Sin embargo, “nunca hubo una
satisfacción a [su] pedido”.
Cuando se enteró de que se habían encontrado fosas sintió “rabia, impotencia, injusticia,
cólera, por el abuso que habían cometido los militares”. En una de las fosas encontró las
medias de su hija. Fue entonces cuando pensó que lo sucedido “había sido un acto
premeditado, alevósico y ordenado por alguien.”
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