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titularidad o el ejercicio de un derecho” (OC-8/87, párr. 25), es decir, las
“condiciones que deben cumplirse para asegurar la adecuada defensa de aquéllos
cuyos derechos u obligaciones están bajo consideración judicial” (OC-9/87, párr.
28)”
12. En mi Voto concurrente a la Opinión Consultiva OC-16 señalé que “lo que
conocemos como el ‘debido proceso penal’, columna vertebral de la persecución del
delito, es el resultado de esta larga marcha, alimentada por la ley, la jurisprudencia -entre ella, la progresiva jurisprudencia norteamericana-- y la doctrina. Esto ha
ocurrido en el plano nacional, pero también en el orden internacional.
Los
desarrollos de los primeros años se han visto superados por nuevos
desenvolvimientos, y seguramente los años por venir traerán novedades en la
permanente evolución del debido proceso dentro de la concepción democrática de la
justicia penal”.
13. Añadí entonces: “Los derechos y garantías que integran el debido proceso -jamás una realidad agotada, sino un sistema dinámico, en constante formación-- son
piezas necesarias de éste; si desaparecen o menguan, no hay debido proceso. Por
ende, se trata de partes indispensables de un conjunto; cada una es indispensable
para que éste exista y subsista. No es posible sostener que hay debido proceso
cuando el juicio no se desarrolla ante un tribunal competente, independiente e
imparcial, o el inculpado desconoce los cargos que se le hacen, o no existe la
posibilidad de presentar pruebas y formular alegatos, o está excluído el control por
parte de un órgano superior.
14. “La ausencia o el desconocimiento de esos derechos destruyen el debido proceso
y no pueden ser subsanados con la pretensión de acreditar que a pesar de no existir
garantías de enjuiciamiento debido ha sido justa la sentencia que dicta el tribunal al
cabo de un procedimiento penal irregular. Considerar que es suficiente con lograr un
resultado supuestamente justo, es decir, una sentencia conforme a la conducta
realizada por el sujeto, para que se convalide la forma de obtenerla, equivale a
recuperar la idea de que ‘el fin justifica los medios’ y la licitud del resultado depura la
ilicitud del procedimiento. Hoy día se ha invertido la fórmula: ‘la legitimidad de los
medios justifica el fin alcanzado’; en otros términos, sólo es posible arribar a una
sentencia justa, que acredite la justicia de una sociedad democrática, cuando han
sido lícitos los medios (procesales) utilizados para dictarla.
15. “Si para determinar la necesidad o pertinencia de un derecho en el curso del
proceso --con el propósito de determinar si su ejercicio es indispensable o
dispensable-- se acudiese al examen y a la demostración de sus efectos sobre la
sentencia, caso por caso, se incurriría en una peligrosa relativización de los derechos
y garantías, que haría retroceder el desarrollo de la justicia penal. Con este
concepto sería posible --y además inevitable-- someter al mismo examen todos los
derechos: habría que ponderar casuísticamente hasta qué punto influyen en una
sentencia la falta de defensor, la ignorancia sobre los cargos, la detención irregular,
la aplicación de torturas, el desconocimiento de los medios procesales de control, y
así sucesivamente. La consecuencia sería la destrucción del concepto mismo de
debido proceso, con todas las consecuencias que de ello derivarían.
16. Al emitir ese Voto --hace ya varios años-- examiné las consecuencias que
pudiera acarrear el vicio grave del procedimiento sobre el proceso en su conjunto y
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