19 muy bien, era gente que le daba vida al pueblo[. D]entro de los que faltaban estaban [sus] dos hijos. Había gente llorando, […] hubo personas que tuvieron manifestaciones del Espíritu Santo […]. Como [ellos] sab[ían] que eran los tangueros, ya sab[ían] que los habían matado”. Al día siguiente, cuando pasaron por el retén militar, la jueza que venía en la comisión que se formó le preguntó al teniente que si había visto pasar las “jaulas” y el teniente se puso muy nervioso y dijo que por ahí no habían pasado. El testigo manifestó que considera que el Estado “sabe lo que pasó, sabe quiénes lo hicieron y ha debido por lo menos reparar[los]”. El testigo expresó que con posterioridad a los hechos, la vida de Pueblo Bello cambió “porque entonces llegó el ejército y estableció como doscientos soldados que antes no había. Ya no podía pasar la guerrilla y se hizo imposible la vida de la gente, [por lo que] empezó a abandonar las casas”. En Pueblo Bello él y su familia tenían cuatro solares, pero prácticamente tuvieron que regalarlos, pues amenazaron a su esposa, por lo que “tuvo que malvender[los]”, ya que sólo le dieron ciento veinte mil pesos por ellos. Así, el señor Ricardo Herrera se desplazó junto con su familia hacia Barranquilla. Los nietos del testigo, hijos de Elides Ricardo, quieren ir a la universidad pero “no tienen medios […] y como no tienen a su papá no hay quien los ayude”. Su esposa se puso “flaquitica, se la pasaba llorando, eso fue terrible […] ella sólo pensaba en sus hijos”. El señor Ricardo Herrera expresó que desea que se haga por lo menos un reconocimiento y se les dé una indemnización para que los familiares de los supuestos desaparecidos “pue[dan] caminar tranquilos y que [los] hijos [de aquéllos] puedan estar bien, estudiar y que no vayan a terminar por ahí consumiendo bazuco”. d) María Cecilia Ruiz de Álvarez, esposa de José del Carmen Álvarez Blanco La señora Ruiz de Álvarez manifestó que el día de los hechos llegó a Pueblo Bello un camión “carpado o jaula” y ella dijo a su esposo que era el ejército o la guerrilla, pero que se trataba de gente armada. Éstos se empezaron a llevar gente, entre ellos a su marido. Las mujeres que no querían que se llevaran a sus familiares fueron golpeadas por esos hombres armados. De un momento a otro, dichos hombres provocaron incendios, la luz comenzó a fallar y se fue. La testigo “empez[ó] a preguntar por [su] esposo pero nadie sabía nada.” Después de los hechos la señora Ruiz de Álvarez fue al hospital de Montería al reconocimiento de unos cadáveres, los cuales estaban en el “en el piso, ahí regados, entre uno y otro sólo había un espacio para poner los pies y poder identificarlos[. A]lgunos cuerpos estaban en mal estado porque [según les] dijeron, […] los habían sacado con máquinas”. Ella entró al llamado “cuarto del olvido” sin que ninguna autoridad le pidiera ninguna documentación, ni la acompañara para el reconocimiento de cadáveres. La testigo pensó que “iba a reconocer a [su] esposo por la ropa y porque él se [había llevado] la billetera con sus documentos de identidad.” Cuando ocurrieron los hechos la testigo tenía veinte años de casada con el señor José del Carmen Álvarez Blanco. Vivían de la agricultura y de la ganadería en la Octavia, “en una parcelita de ocho hectáreas, ten[ían] animales y sembrados […]”.

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