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La desaparición es un hecho súbito que produce muchos “sin sentidos” en los familiares de
las víctimas. Se le llama “experiencia traumática” porque es una experiencia que deja una
huella indeleble en la memoria, en la historia y en la vida de la gente, con la cual se tiene
que aprender a vivir. Dentro del contexto de las violaciones de derechos humanos, la
desaparición afecta el “proceso de duelo”, el cual consiste en la forma en que las personas
enfrentan la pérdida de personas con quienes tienen una vinculación afectiva específica. La
desaparición implica un tipo de proceso de duelo muy traumático y difícil de realizar.
El duelo tiene cuatro tareas principales en el proceso de restablecimiento y recuperación
emocional. La primera tarea es que la persona acepte que la pérdida es un hecho definitivo
en su vida. La segunda es la posibilidad de expresión emocional, de manera que la persona
tenga un espacio para poder llorar y expresar frente a otras personas significativas cómo se
siente. La tercera tarea es que la persona se adapte a un nuevo contexto en el cual ya no
está su familiar, lo cual inclusive implica una adaptación económica porque ya no cuenta
con la fuente de sustento. La cuarta tarea es desarrollar formas de recuerdo de la persona
desaparecida, cómo simbolizar la pérdida, cómo recordar al familiar desaparecido, y la
posibilidad de restablecer las relaciones afectivas con personas significativas.
Estas cuatro tareas están muy cuestionadas en los casos de desaparición forzada, porque el
hecho es inaceptable per se, debido a que se desconoce lo que ha sucedido ya que no se
tiene la certeza de la muerte de la persona, ni se tienen los restos en el caso de que el
familiar hubiera fallecido. La ambivalencia respecto a qué sucedió hace que la aceptación
no se pueda dar. Asimismo, es mucho más difícil encontrar un espacio para poder expresar
el duelo, porque asociado al desaparecido hay un estigma social que hace para los
familiares difícil e incluso peligroso expresarse. Los familiares de las víctimas no cuentan
con los espacios de expresión pública del dolor, como son los ritos, las ceremonias, los
funerales, es decir, lugares en los cuales puedan expresar su vivencia emocional y recibir la
solidaridad de las personas. La desaparición también provoca que el duelo se realice en
condiciones mucho más estresantes para los familiares de las víctimas. Muchas veces no
hay espacio para reconocer los sentimientos porque la sobrevivencia de cada día se
convierte en lo más importante para la familia. Los familiares de desaparecidos se sienten
mal si tratan de reconstruir sus relaciones con otras personas, porque les resulta difícil o les
produce un sentimiento de culpa el hecho de recuperar su vida o de encontrarse
afectivamente mejor sin saber qué ha pasado con su familiar.
Se puede decir que cierto tipo de hechos produce mayor impacto que otros, pero no es
conveniente medir el dolor haciendo comparaciones que vayan encaminadas a determinar
quién ha sufrido más.
La desaparición conlleva la “desestructuración” de la dinámica familiar, lo cual produce a su
vez una pérdida de apoyo social y familiar para los hijos. Los niños no tienen una referencia
paterna y no saben bien qué es lo que ha sucedido, además de que son muy sensibles a la
dinámica del silencio que frecuentemente se establece en las familias de los desaparecidos.
Una de las formas de apoyo para la recuperación de los familiares la constituyen los ritos.
La ausencia de los restos hace que la familia de la víctima no pueda desarrollar los ritos
habituales. Los ritos ayudan a separar la relación entre la vida y la muerte y permiten
mitigar el daño del impacto de la separación y obtener un cierto reconocimiento social. El
rito permite que la gente puede expresar solidaridad y la persona se puede sentir
acompañada en la aflicción. En el caso de la desaparición esta forma de recuperación se
encuentra bloqueada porque los familiares que no han recuperado los restos de sus seres
queridos no pueden realizar ritos. Los familiares que se plantean hacer este tipo de