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temporalidad desesperanzada. Dar por muerto a alguien a quien no se ha
visto morir es, simbólicamente, tener que matarlo uno. Es el mecanismo de
tortura psicológica más sutil y complejo para todos los familiares. Existe un
incremento de culpabilidad, de pérdida de potencialidad, de discapacidad
mental y afectiva que pueden desembocar en una psicosis.
La medida de permitir a los familiares enterrar a sus víctimas es fundamental
para que el duelo pueda comenzar. El valor simbólico del ritual de vela y
entierro es inmenso, debido a que marca el pasaje entre el pasado y el
futuro, permitiendo despedirse de alguien que estuvo vivo y que ya no lo está
y de esa manera comenzar el trabajo del duelo. También hay que enterrar al
muerto para que no regrese como fantasma en forma de pesadillas,
alucinaciones, ansiedad paranoica y delirios.
El avance en las investigaciones es imprescindible para facilitarles a los
familiares rehabilitarse psicológicamente e insertarse nuevamente en la
sociedad.
Otra tarea ineludible es la actuación de un equipo médico-forense para
identificar a las personas enterradas en fosas comunes. El conocimiento de lo
que sucedió es un paso fundamental para que el psiquismo pueda comenzar
su tarea de reparación.
Hechos como los del Caracazo producen perturbaciones psicopatológicas en
todo el grupo familiar. El conjunto de la estructura se ve afectado. Se
originan trastornos en el sueño y la alimentación, en la concentración y en la
memoria, se regeneran o incrementan adicciones. La familia se vuelve más
vulnerable a los problemas cotidianos y más propensa a riesgos de accidentes
y enfermedades. Si hay una pérdida de un miembro masculino de la familia,
se produce angustia por la sobrevivencia y sobrecarga de responsabilidad del
miembro restante que queda como cabeza de la familia. El hijo joven o
adolescente tendrá que asumir las responsabilidades adultas para las que no
está preparado. Si es una mujer la que queda, la situación es más difícil aún
porque tiene que convertirse también en padre. Los hermanos sobrevivientes
deberán tolerar la ambivalencia que les produce la pena o culpa junto a la
cólera por ver truncados proyectos de estudios, de pareja etc. Se podrían
establecer patrones de alteración psicológica, aunque hay que tener en
cuenta las características individuales de cada familia.
Enfrentarse a la muerte de un hijo es la peor pérdida que pueden sufrir las
personas. Los padecimientos psíquicos tienden a hacerse crónicos. Muchas
veces la falta de tolerancia de ese hecho desencadena conductas suicidas en
alguno de los padres. Para la madre la situación es más difícil aún por el
vínculo simbiótico que mantuvo con el hijo en las primeras épocas de la vida
de éste.
Sin asistencia psicológica es imposible reparar el daño psíquico, puesto que
solo la psicoterapia les permite a los afectados recordar e integrar los sucesos
traumáticos a su vida, posibilitándoles la elaboración de un nuevo proyecto de
vida.
Muchas veces es necesario un complemento psiquiátrico, como
medicación antidepresiva. El tratamiento individual intercalado con sesiones
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