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Reside en ciudad de Guatemala y trabaja en una empresa farmacéutica.
Eran una familia muy unida. Al momento de la muerte de Erick Leonardo, vivían en
la casa su madre, María Luisa Chinchilla Ruano, ella, tres hermanos -Sandra del
Carmen, Hugo Alejandro e Ingrid Aracely- y la víctima. Erick era el quinto hijo, el
más pequeño, y dentro de la familia se dedicaban a ayudarlo y a orientarlo “para que
él fuera creciendo y tuviera mejores posiciones que [ellos]”.
La víctima estudiaba, pero como su madre se quedó sola, terminó hasta el Primero
Básico y se dedicó desde los 15 años a trabajar en la panadería de ésta. Su familia
percibía aproximadamente Q1.000,00 (mil quetzales) mensuales por el trabajo que
hacían en el negocio. Desde el momento que faltó su hermano el negocio se vino
abajo, dado que su madre no tenía ánimos, y que, con su diabetes, consecuencia de
la muerte de su hijo, no podía seguir con el trabajo.
Se enteraron de lo sucedido por un agente de policía y fue la testigo, junto con otro
hermano, quienes identificaron el cadáver. Cuando su madre recibió la noticia se
desmayó y, luego, se enfermó. Posteriormente, ninguna autoridad llegó a investigar
el hecho. Cuando quisieron poner la denuncia fueron amenazados por teléfono,
diciéndoles que en caso de seguir averiguando sobre la muerte de la víctima, se
tomarían represalias contra su familia. Asimismo, balearon dos veces la casa y
dijeron que era un aviso, que los podían matar, lo que los motivó a no seguir con la
investigación porque tenían miedo.
En razón de la diabetes, su madre debe recibir tratamiento médico y los gastos para
los medicamentos son de Q1.500,00 (mil quinientos quetzales) mensuales. Su madre
visita a su hermano al cementerio todos los días y permanece una hora sentada y
hablándole en la tumba.
Ella y sus otros hermanos no llenan el vacío que tiene su madre. La madre continúa
llorando todos los días, no quiere seguir tomando medicina y, recientemente, tuvo
dos pequeños infartos. Sus hermanos y ella han tratado de distraerla, pero para su
madre “no hay otra distracción, [...] lo [que] ella más pide es llevarla al cementerio”.
Cuando discuten sobre la causa de la muerte y sobre los victimarios de su hermano,
su madre se pregunta por qué lo hicieron si la víctima no tenía enemigos, no tenía
vicios, y se dedicaba a ayudar en la panadería. También le gustaba la mecánica y
arreglaba carros. Supo que los responsables de su muerte eran agentes del Estado,
de lo cual tuvieron conocimiento al poner la denuncia ante la policía.
La familia todavía siente temor de represalias por parte de las autoridades por rendir
testimonio ante la Corte Interamericana y por querer “saber la verdad para limpiar el
honor” de su familiar. Estar ante la Corte significa al menos “satisfacer a [su] madre,
que [su] hermano no era un narcotraficante, drogadicto o lo que la gente comenta”.
La reparación no puede mitigar el dolor, porque la vida de su hermano “no tiene
precio” y “no lograría quitarle esa enfermedad que tiene [su] madre”.
f)
Testimonio de María Ildefonsa Morales de Paniagua, madre de Anna
Elizabeth Paniagua Morales
Reside en Toronto, Canadá.