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5.
Osilia Ernestina Cruzatt viuda de Juárez, madre de la presunta víctima
Deodato Hugo Juárez Cruzatt
Su hijo se encontraba detenido en el Penal Castro Castro y “era dirigente entre los presos
políticos”. Lo visitaba los miércoles y sábados y pudo notar que se veía “amarillo y hueso y
pellejo”.
El miércoles 6 de mayo de 1992 fue a visitar a su hijo en el penal, pero no logró entrar debido a
que los militares y policías lanzaban bombas lacrimógenas e impedían el paso. Su hijo murió “la
víspera del día de la madre”. Fue a recuperar su cuerpo a la morgue, donde observó cadáveres
“quemados que no se podían reconocer”. También observó “a una amiga de [su] hijo, […]
llamada Elvia [que estaba] muerta”, “[t]enía la barriga inflada y le habían sacado las uñas”.
Cuando encontró el cuerpo de su hijo, notó que “[t]enía el pecho traspasado por bayonetas hasta
atrás. […] Tenía como 6 o 7 balazos por el pecho [y] espalda […, l]e habían volado o cortado el
pene”, y le habían disparado en la cabeza. Logró obtener una orden para el retiro del cuerpo y
dio entierro a su hijo ese mismo día, para lo cual tuvo que pedir prestado “$2.500”.
Las consecuencias de la traumática muerte de su hijo han sido difíciles de enfrentar. Para sus
hijos “no era fácil encontrar trabajo por los apellidos[; …] el simple hecho de ser hermanos de
Hugo, fallecido así, [los] ponía en una situación difícil”. Sufre de artrosis, un brazo no le funciona
bien, y también sufre de presión emotiva e insuficiencia cardiaca.
Considera que “[l]o que ocurrió en Castro Castro no fue un motín”. Su hijo sabía que “iban a
entrar a matar, que iban a querer matarlo”.
Su hijo debió ser juzgado y no asesinado. Solicitó que Alberto Fujimori sea juzgado por los
crímenes que cometió en la prisión de Castro Castro.
6.
Eva Sofía Challco Hurtado, presunta víctima
Se refirió a su detención en septiembre de 1991 e indicó que ingresó a la prisión de Castro Castro
el 10 de octubre de 1991 estando embarazada. Al momento de los hechos de este caso tenía
siete meses de embarazo.
Ni ella ni su abogado ni su familia fueron informados sobre el supuesto traslado que se pretendía
realizar. Cuando comenzó el ataque se encontraba durmiendo en el cuarto piso del pabellón 1A.
Las fuerzas peruanas hicieron huecos con explosivos en todo el techo y empezaron a disparar a
través de esos huecos. Mientras tanto, “[t]odo el piso estaba inundado de gases asfixiantes” y
muchas de las prisioneras se desmayaban de asfixia. Aproximadamente a las 5 o 6 de la tarde
logró llegar al pabellón 4B, donde se encontraban prisioneros heridos. Los militares lanzaron
kerosene o gasolina y “llamas de fuego” desde el techo.
“Hacia la tarde del sábado” escuchó una voz diciendo “vamos a salir. No disparen”. Sin embargo,
los militares dispararon sus metralletas y “algunos [internos] caían, otros continuaban
caminando”. Le cayó una esquirla en el pie, tuvo que arrastrarse y fue obligada a tenderse en un
terral, junto con otras mujeres “ensangrentadas y mojadas”, donde fue pateada y obligada a
estar boca abajo por horas, a pesar de su embarazo.
El 10 de mayo de 1992 fue trasladada al penal Cristo Rey en Ica, junto con otras 52 mujeres,
aproximadamente. Fueron ubicadas alrededor de 8 internas por celda. Las celdas eran de espacio