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25.
En la Sentencia del caso Kimel, la Corte ha buscado ceñir el espacio de la solución
punitiva, a través de ciertas precisiones que minimizan, pero no suprimen, el desempeño de
la opción penal: “esta posibilidad se debe analizar con especial cautela, ponderando al
respecto la extrema gravedad de la conducta desplegada por el emisor [de informaciones u
opiniones], el dolo con que actuó, las características del daño injustamente causado y otros
datos que pongan de manifiesto la absoluta necesidad de utilizar, en forma verdaderamente
excepcional, medidas penales” (párr. 78 de la Sentencia en el caso Kimel).
26.
Este es un paso hacia la reducción penal, pero no necesariamente el último paso,
que se halla en la opción por la vía civil, expedita y eficaz. Habrá que avanzar en ese
camino, como propuse en el voto de Herrera Ulloa y reitero en el de Kimel. Por supuesto, la
opción por el uso de medios jurisdiccionales que culminan en condenas --que no tienen
naturaleza penal, pero no por ello carecen necesariamente de eficacia--, no debiera olvidar
que hay otras posibilidades, que conviene mantener abiertas y activas, en el debate
democrático acerca de los asuntos que atañen al interés público: la información errónea o
sesgada se combate con información fidedigna y objetiva, y la opinión infundada o
maliciosa, con opinión fundada y suficiente.
27.
Esos son los extremos naturales de un debate que difícilmente se zanjará en las
oficinas de la policía, en los estrados de los tribunales o tras las rejas de las prisiones. El
derecho de rectificación o respuesta, regulado por el artículo 14 de la Convención, tiene raíz
en consideraciones de este género. Por supuesto, lo que ahora manifiesto supone que sean
accesibles los canales para la respuesta y que la organización de las comunicaciones
sociales permita un verdadero di��logo entre las diversas posiciones, versiones y opiniones,
como debe suceder en el sistema democrático. De no ser así, asistiríamos al monólogo del
poder --político o de otro género-- frente a sí mismo y a un conjunto de auditores o
espectadores cautivos.
28.
También me parece relevante el deslinde que hace el Tribunal interamericano entre
la información que somete al público la existencia de hechos y que pretende constituir un
retrato de la realidad --dignificado por la acuciosidad y objetividad del profesional
competente y apreciable-- y la opinión que vierte el comentarista, analista, autor en
general, acerca de esos hechos. Si es posible valorar la noticia como cierta o falsa,
cotejándola con la realidad que se propone describir, no es razonable aplicar las mismas
calificaciones a la opinión, que de antemano constituye un parecer, una apreciación, una
valoración --que es posible compartir o de la que se puede discrepar en un nuevo ejercicio
de opinión--, y que por ende puede ser calificada como razonable o irracional, acertada o
errónea, pero no como falsa o verdadera. Sobra señalar los riesgos que implica el debate
ante los tribunales acerca de la validez de las opiniones, y peor aún si esto ocurre por la vía
penal: en los delitos de opinión naufraga la libertad y prospera la tiranía.
29.
Finalmente, es importante observar que la Corte ha reiterado su posición en torno a
un tema que se actualiza con motivo de las persecuciones penales emprendidas con base en
supuestos delitos de información u opinión (acerca de los cuales reitero las reservas que
antes enuncié): carga de la prueba. Como ha destacado la Corte en otros casos, dicho
principio resulta aplicable a cualesquiera conductas, a título de garantía general en la
relación entre el Estado y el ciudadano que culmina en la afectación de derechos de éste:
“En todo momento la carga de la prueba debe recaer en quien formula la acusación” (párr.
78 de la Sentencia en el caso Kimel).
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