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g) Peritaje de Federico Andreu Guzmán, especialista en derechos
humanos
El perito, con base en legislación interna, en disposiciones y documentos internos de
las Fuerzas Militares, en investigaciones judiciales y disciplinarias, en informes y
sentencias de organismos internacionales, describió la evolución histórica del vínculo
operacional existente entre los paramilitares y el ejército. Al respecto manifestó
que, “[a] lo largo de la década del 90, el proyecto paramilitar, como estrategia de
control territorial y poblacional permanente y complementario de la política
contrainsurgente de las Fuerzas Militares, se afianzó a lo ancho de la geografía
colombiana. Ciertamente, el accionar paramilitar ha sido rentable en términos bélicos
como políticos para las Fuerzas Militares: la obtención de un máximo de violencia con
un bajo costo político para la institución armada.”
Asimismo, consideró que “[l]a impunidad de las violaciones de derechos humanos ha
sido una de las constantes de la acción gubernamental a lo largo de estas décadas.”
Entre los mecanismos y prácticas que han permitido la impunidad, el perito destacó
el incumplimiento de las órdenes de captura, las amenazas y atentados contra el
Poder Judicial y los órganos de investigación, la atribución de facultades de policía
judicial a las fuerzas militares, la extensión de la jurisdicción penal militar a casos de
lesa humanidad, la ambigua acción gubernamental contra los paramilitares, la
ausencia de una política de saneamiento y depuración de las Fuerzas Militares, y la
presencia de mecanismos legales de impunidad como el Decreto 128 de 2003.
Además, el señor Andreu declaró que, “a lo largo de 20 años, h[a] llegado a la
conclusión que en todas esas zonas, donde cohabitan los paramilitares que coinciden
siempre a zonas de alta concentración de efectivos militares, con sistemas altamente
sofisticados en materia de telecomunicaciones, transporte, etc., [le] hacen concluir
que es imposible materialmente pensar que los paramilitares puedan moverse sin la
complicidad, o la connivencia, el apoyo logístico de información, de inteligencia por
parte de las fuerzas militares.”
Respecto de “las víctimas que presentan denuncias [manifestó que éstas] son objeto
de permanente hostigamiento, [y que han] tenido casos también de no solamente de
hostigamiento, sino […] que han conducido a la muerte. Ha sido una característica, si
uno mira la mayoría de los casos que han llegado a una instancia internacional, que
han [tenido] más presión de cara a las autoridades nacionales, la mayoría de esos
casos, los familiares han tenido que ser evacuados al exterior […]”. Asimismo, este
hostigamiento trae “un efecto muy perverso, […] instaura el síndrome del terror y
como el costo es tan alto, para obtener justicia de verdad y reparación, que es el
costo de las mismas víctimas, muchas víctimas se inhiben de denunciar. […] Ante
esa situación [existe] la dificultad que pueden tener algunos investigadores que
quieren realmente hacer justicia y esclarecer los hechos.” A partir de 1989 el grado
de sevicia contra las víctimas es mayor, con casos de decapitaciones, mutilación,
incineración, etc. Este fenómeno tiene dos objetivos: aumentar el terror en
comunidades pequeñas y desaparecer la prueba para evitar la investigación de la
Fiscalía.
El perito sugirió la revisión de la doctrina militar y de las fuerzas militares, así como
una política de depuración y saneamiento en dichas fuerzas, y la redefinición de
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