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La señora Guadalupe, esposa de la presunta víctima, parece no haber desarrollado ningún
interés por aprender a hablar en castellano y vive totalmente encerrada en su mundo de
recuerdos y en la relación con sus hijos y nietos. Extraña mucho la vida en el pueblo.
Además, según sus hijos, se ha enfermado a raíz de lo que pasó. Actualmente cuenta con
83 años y padece de un cuadro de osteoporosis avanzado, artritis y ha recaído con “TBC”.
Para ella es muy dura su vida en Lima, acompañada del sufrimiento por lo sucedido a su
esposo.
Respecto de los demás miembros de la familia, las condiciones de vida y la pobreza en la
que viven los ubica en “condiciones de vulnerabilidad”. Han tenido que pasar por muchas
dificultades para poder sobrevivir estos años, en condiciones de vida muy disminuidas,
como desnutrición. Se han observado manifestaciones de problemas psicosomáticos,
relacionados principalmente con el estrés mantenido a causa de los hechos. Varios
expresan tener dificultades para conciliar el sueño. El señor Crispín Baldeón da cuenta de
mayores dificultades en este aspecto, “llegando a sufrir de insomnio, asociado siempre a
una preocupación en relación al proceso judicial”. También se presentan síntomas como
dolores de cabeza frecuentes. Dos de las hermanas dicen tener sensaciones de ahogo,
asociadas al pensar o hablar del proceso del padre.
Un momento importante para ellos fue la exhumación y posterior inhumación del cuerpo de
la presunta víctima, algo que “movilizó emocionalmente a toda la familia”. Este hecho ha
resultado para ellos un alivio. Fue importante saber que ha sido reconocido todo lo que han
estado clamando, que está enterrado en su pueblo y que lo pueden visitar para las fiestas
relativas a los muertos, las cuales son muy importantes para ellos.
A pesar de lo vivido, se observa a una familia con capacidad de persistencia y fuerza para
insistir en la búsqueda de justicia. Lo anterior ha tenido como consecuencia la imposibilidad
de atender a sus hijos, por dedicarse a seguir el proceso legal. Por ejemplo, los hijos de
Crispín le piden de diversas maneras que no siga adelante, expresan sentirse cansados;
para ellos tanto tiempo es desaliento. Le advierten que le puede suceder algo a él también,
como desaparecer.
La familia vivía en el campo trabajando su “chacra” y completando sus ingresos con
trabajos eventuales en la costa. Con lo sucedido pasaron a vivir en una situación de
extrema pobreza, pues perdieron todo lo que tenían, su tierra, así como las posibilidades de
trabajo en otra “chacra”, debido al desplazamiento.
La figura del señor Bernabé Baldeón García también era muy significativa para sus nietos.
Varios de ellos eran aún pequeños cuando todo sucedió. El señor Bernabé se hacía cargo
económicamente de algunos de ellos, convirtiéndose en una figura paterna. Uno de los
nietos explica: “yo vivía con mi abuelito, lloré mucho, tenía mucha pena y perdí el colegio.
Ya no pude ir más[.] Mi abuelito me compraba mis útiles como si fuera su hijo. Se
preocupaba por nosotros”.
El desplazamiento forzado ha sido un factor clave en la “desintegración familiar”. A las
semanas de lo ocurrido dejaron la comunidad, llegando a dormir en el monte por miedo a
las represalias.
El desplazamiento significó la pérdida de “cohesión comunitaria y
separación familiar crónica”, un factor de estrés en el caso de desplazados y refugiados.
Además, este patrón se vió agravado por las amenazas que recibieron a partir de la primera
denuncia.