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había un relación muy cercana entre Alberta y Efraín, a raíz de la muerte de la madre de
ambos.
Las condiciones económicas de la familia Bámaca Velásquez han sido muy precarias. El
señor José León Bámaca Hernández se encuentra jubilado, y en esa calidad, recibe un
apoyo económico mínimo que alcanza los Q320,00 (trescientos veinte quetzales).
Además, no tiene “un trabajo fijo más que en tiempos de cosecha”, en la finca El
Tablero, en El Tumbador. Tanto Josefina como Egidia Gebia, quienes tienen a su vez
hijos que dependen económicamente de ellas, trabajan durante la cosecha en el mismo
lugar que su padre, no obstante que “se les paga la mitad del salario que se le paga a
veces al varón”, salario este último que no siempre alcanza a equivaler al mínimo legal.
El hecho de que un miembro de la familia perteneciera a la guerrilla ponía en peligro al
resto de la familia, pues éstos podrían ser torturados como una medida de presión para
que el miembro involucrado en alguna organización revolucionaria se viera obligado a
“renunciar a este tipo de acciones”. Precisamente, la falta de contacto de Efraín Bámaca
Velásquez con su familia, durante la época del conflicto, se dio para “no ocasionarle a la
familia ningún tipo de inseguridad que pudiese atentar contra la vida de cualquiera de
ellos”.
La falta de una debida administración de justicia ha generado en la familia un
sentimiento de frustración, “de temor y de incertidumbre sobre [lo] que está pasando”.
Según puso de relieve el testigo, para la familia tiene mucha importancia obtener el
cuerpo de la persona fallecida y realizar las ceremonias fúnebres, con el fin de que el
espíritu de dicha persona se reintegre con su cuerpo, se complete su reencuentro con
sus antepasados y “se cierre [para el fallecido y para la comunidad] el ciclo cultural: vida
y muerte”. En este sentido, los entierros significan un espacio de fiesta y de alegría, en
el cual los familiares le agregan encomiendas a la persona que ha muerto, le agregan
comida para que la lleve a los familiares que le han precedido en la muerte y siga
gozando de una relación con su familia. El testigo destacó la existencia de “un círculo de
[...] pedagogía que se da en estos encuentros con los antepasados y eso revitaliza, y
[...] permite que se continúe con una cultura integrada y que valores de tipo ético y
moral se vayan asimilando de parte de los nietos y de los hijos, [a quienes …] ahora les
corresponderá [...] alimentarse de toda esa experiencia”.
“[E]l daño fuerte es para la familia que queda”, ya que se ha impedido la proyección de
Efraín Bámaca Velásquez en los familiares sobrevivientes. Igualmente, la pérdida de
éste, en su calidad de hijo mayor en una familia de la cultura maya, etnia mam, ha
privado a su familia de un sostén económico y de una figura de autoridad.
d)
Testimonio de Manuela Alvarado, líder indígena maya quiché y ex
congresista de Guatemala
Desde inicios de 1980, sirvió como enfermera jefe en distintos puestos de salud en el
país, por lo cual vivió muy de cerca lo que sucedía en Guatemala.
Su condición de líder era semejante a la del señor Bámaca Velásquez, ya que ambos
partían de una “realidad muy adversa” como integrantes de un pueblo indígena, para
quienes las oportunidades no son las mismas y la diferencia de idioma dificulta entender
las políticas del Estado que les afectan, así como entender sus derechos.
Los procesos de paz constituyeron un “respiro para la sociedad guatemalteca”, lo cual
permitió a muchas personas reincorporarse a actividades productivas. En su caso, en el