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Ver el cuerpo torturado de su marido le impactó mucho. Después de los hechos fue a
vivir con su hermano porque le quitaron la casa. Además le robaron todas sus
pertenencias y fue entonces cuando decidió irse a los Estados Unidos de América
para poder sobrevivir y sacar adelante a sus hijos. Tuvo que gastar
aproximadamente US$3.000,00 (tres mil dólares de los Estados Unidos de América)
para huir de Guatemala para el viaje, la comida y para pagar a alguien que la pasara
por la frontera. Dejó sus hijos en Guatemala con su madre desde entonces, lo que le
causó “muchísimo daño [...] puesto que ellos han tenido la necesidad de estar con
su mamá, con su papá”. Entre 1988, año en que se fue a Estados Unidos de
América, y 1997, fecha en que compareció a la audiencia de fondo del presente caso
ante la Corte, no había visto a sus hijos, y desde esa última vez no los ha vuelto a
ver. Esto le ha causado “mucha tristeza, mucha pena”.
En Estados Unidos de América se encuentra en una condición migratoria irregular,
trabaja con una familia y cuida sus niños; tiene ingresos cercanos a los US$900,00
(novecientos dólares de los Estados Unidos de América) por mes y envía
mensualmente US$400,00 (cuatrocientos dólares de los Estados Unidos de América)
a sus hijos.
Hasta la muerte de su marido estaban viviendo una vida normal y estaban muy bien,
pero en los Estados Unidos de América vive sola y siempre está trabajando, por lo
cual no ha tenido vacaciones durante los últimos 12 años. Siempre ha estado en
contacto con sus hijos y nunca los ha abandonado. La hija mayor, de 22 años de
edad, desesperada por los años de separación, viajó durante 22 días para llegar a los
Estados Unidos y reunirse con ella.
La ausencia del padre le ha causado mucho daño a sus hijos. La segunda hija, de 19
años, fue la única que no se desahogó completamente. Cuando ésta era una niña
tuvo que llevarla con una psicóloga para que le brindara ayuda profesional, pero aún
hoy se distrae en sus estudios. Su hija le manifiesta “cuánto ella daría por estar con
su papá y su mamá”. En relación con su hija mayor, señaló que de no haber
sucedido los hechos, hubieran estado juntos siempre y ella no hubiera tenido que
tomar la decisión de irse con su madre; además hubiera terminado sus estudios,
porque se encontraba en la universidad estudiando Administración de Empresas y los
dejó para quedarse con la madre. El más afectado fue su hijo, de 15 años, que está
estudiando el Segundo Básico. Este expresa que hubiera querido que su padre
siempre estuviera a su lado, pues le hubiera enseñado muchas cosas que él a veces
no le puede preguntar a otros, como por ejemplo, cuando tiene problemas con los
amigos, o cuando le ofrecen drogas.
Finalmente, ella también ha cambiado en su manera de actuar y en su manera de
ser desde la muerte de su esposo. Antes era su esposo quien manejaba todo y esto
se terminó, pues desde su fallecimiento “ya no [ha sido] la misma, [...] ya [se ha]
sentido como un robot que siempre tiene que estar haciendo lo mismo y lo mismo,
trabajar y trabajar nada más, no hay tiempo para [ella]”. Siempre piensa en su
esposo, pues de estar presente todavía ella no estuviera “en esta soledad,
trabajando duro”.
Del proceso espera justicia, “que castiguen a los que hicieron eso [...], pues no
tenían ninguna razón [para hacerlo]”.
h)
Testimonio de Manuel Alberto González Chinchilla, hijo de Manuel de
Jesús González López