-33acercarse a la puerta del penal pero las fuerzas armadas “efectuaron disparos disuasivos”.
También observó que había personal uniformado, que consideró parte de “fuerzas combinadas
del Ejército y la Policía […, así como también había] sobrevuelo de helicópteros[, …] disparos de
fusiles[,] detonaciones de armas de grueso calibre [y] gran cantidad de vehículos blindados”.
También escuchó invocaciones por megáfono ofreciendo respetar la vida de los que se
entregaran, pero inmediatamente después escuchó disparos que supuso “eran destinados a
eliminar a quienes se habían propuesto”.
Después de esos hechos, las autoridades peruanas no suministraron inmediatamente una
relación de heridos, fallecidos y sobrevivientes. No se permitió el ingreso al centro penal Castro
Castro, pero sí a la prisión de Santa Mónica, a la morgue y al Hospital de la Policía. Cuando visitó
la prisión de Santa Mónica, a donde fueron trasladadas algunas sobrevivientes de los hechos,
observó que estas mujeres “estaban todavía sucias con el polvo del penal y salpicadas de
sangre”. Asimismo, le impresionó “el hacinamiento de las internas”.
8. Raúl Basilio Gil Orihuela, presunta víctima
Estuvo interno en el Penal Castro Castro en el pabellón 4B, al tiempo de los hechos. Debido a que
prestó servicio militar en el Perú, donde recibió entrenamiento sobre el manejo de armamento y
explosivos, reconoció las “armas de guerra” utilizadas al interior del centro carcelario. También
reconoció que participaron la policía de élite, las fuerzas armadas, efectivos de la FOES (grupo de
élite de la Marina) y francotiradores, y previamente al “operativo” observó la presencia del
ejército peruano vestidos de campaña en los pabellones 4B y aledaños. Un mes antes de los
hechos en el penal, los pabellones 1A y 4B fueron inspeccionados, ya que la prensa decía que
había armas dentro del centro carcelario. El resultado de la inspección fue que no existían armas
dentro de estos pabellones.
En la madrugada del 6 de mayo de 1992 se escuchó una fuerte explosión que venía del pabellón
1A, donde se encontraban las mujeres. Hubo disparos, bombas y gases lacrimógenos. El calor
era insoportable, había cuerpos de mujeres en el suelo, y las que sobrevivían pedían ayuda. Se
usaron bombas incendiarias, que contienen gas de fósforo blanco que al contacto con el cuerpo
humano produce ardor en las partes descubiertas, en las fosas nasales, así como también
provoca asfixia y “quemazón” química de los órganos internos y la piel. Considera que el
propósito fue “matarlos a todos en masa”. Se trató de un “ataque militar”, “[n]o hubo allí ningún
motín”.
Las fuerzas armadas combinadas mataron a varias personas y desde un helicóptero destruyeron
el pabellón 1A. En el pabellón 4B el interno Cesar Augusto Paredes murió a causa de un disparo
en la cabeza. El 9 de mayo de 1992 murió el señor Mario Aguilar a causa de las quemaduras
causadas en su cuerpo.
La cantidad de heridos y muertos era considerable. Los internos decidieron salir gritando “no
disparen, vamos a salir”. Al poco tiempo el testigo escuchó disparos en ráfaga y gritos y cuando
salió al umbral de la puerta de entrada al pabellón, reconoció varios muertos entre quienes
estaban Deodato Hugo Juárez y Janet Talavera. Uniformados encapuchados se llevaron a Antonio
Aranda y Julia Marlene a “la cocina”, donde estaban fusilando a internos. Los internos que
sobrevivieron fueron puestos boca abajo en el piso con vidrios, bajo la lluvia, sin una adecuada
alimentación, fueron maltratados, golpeados, pisoteados y mordidos por perros.
Los malos tratos continuaron durante los meses siguientes. Había requisas donde obligaban a los
internos a salir desnudos a los patios, los torturaban con varillas eléctricas y los sometían a
revisiones en partes íntimas del cuerpo. Como consecuencia de esos tratos, padece de un dolor