-45que se enteraban de lo que estaba sucediendo y, como era un miércoles de visita, seguían
llegando más familiares. Como a las 3:00 p.m. se utilizó más fuerza y llegaron más militares.
Los familiares no recibieron ninguna clase de información en relación con los disturbios en el
penal y recibieron un tratamiento “muy fuerte” por parte de los militares.
En la tarde del 9 de mayo de 1992 el ataque se intensificó. Muchas de las madres se abrazaron
“porque los estruendos del cañón eran algo que llegaba hasta [sus] corazones”. Se veían las
esquirlas del pabellón que volaban. Pensaban que sus hijos ya no estarían vivos porque el ataque
era muy fuerte. Escucharon claramente la voz del coronel del penal que decía “salgan, ríndanse,
salgan”. Reconoció la voz de su hija que gritaba “alto al fuego, alto al fuego, vamos a salir,
pedimos evacuación”. Le entusiasmó mucho escuchar la voz de su hija. Más tarde “ya no se
escuchaban voces, sólo se escuchaban muchos tiros como de metralleta o de un arma larga”, que
escuchaban cada cierto tiempo. Los familiares pasaron la noche ahí, sin saber quiénes eran los
muertos y heridos, ya que no les dieron información.
El 10 de mayo de 1992, día de la madre, la testigo no sabía nada de sus hijos, así que empezó su
búsqueda en la morgue. Estando adentro “vi[o] a las chicas tiradas en el piso desnudas y
cosidas”, habían cuerpos sobre otros, y en las mesas estaban haciendo la necropsia a otros
cuerpos. Para buscar a su hija y a su hijo levantó y movió los cuerpos, pero no los encontró.
Fue a la Cruz Roja Internacional, pero no sabían nada. Aproximadamente a las 5 p.m. fue al
Hospital de la Policía. Allí una persona le dijo “señora su hija está muerta, […] está en la
morgue, pero ahorita usted vaya al hospital del Carrion que allí está su hijo, lo acaban de llevar,
si usted no lo saca hoy día lo matan”. La testigo fue a ese hospital que quedaba muy lejos, pero
no le permitieron ingresar porque había terminado la visita. Sin embargo, logró entrar trepando
un muro. Buscó la morgue, en la cual no había ningún fallecido, pero escuchó un quejido que
venía de atrás de la puerta. Abrió la puerta y era su hijo que estaba “en una mesa de lata” con
una sabana amarrada, tenía cinco heridas y mucha fiebre. Cuando encontró a su hijo entró al
cuarto un militar, quien la trató mal. Ella le dijo que si venía a matar a su hijo la “tendr[ía] que
matar a [ella] primero”. En ese momento entró un médico que preguntó el motivo por el cual el
hijo de la testigo se encontraba en la morgue si estaba vivo. El militar se fue. Llevaron a su hijo
al Hospital de la Policía.
El día 11 de mayo de 1992 volvió al Hospital de la Policía, pero no le permitieron ingresar. El
doctor le dijo que su hijo estaba muy mal y podría morir. Fue nuevamente a la morgue pero no
estaba su hija.
El día 12 de mayo de 1992 fue a la Dirección Nacional de Investigación Criminal y Apoyo a la
Justicia (DIRINCRI) porque le dijeron que allí había una lista de todos los fallecidos. Le
preguntaron el nombre de su hija y le dijeron que no estaba en la lista. Volvió a ir a la morgue,
en donde estaban otras madres que también buscaban a sus hijos. Funcionarios de la DINCOTE
no las dejaban entrar, pero en un descuido de uno de ellos la testigo logró entrar y corrió hasta
donde se encontraban los frigoríficos. Logró abrir un frigorífico y el cadáver de su hija le “ca[yó]
encima”. La testigo manifestó que “eso no lo v[a] a olvidar nunca” y describió lo que fue ese
momento. En el piso habían tres bolsas bien cerradas, y la testigo las abrió. En una de ellas
estaba Fernando Orozco, quien estaba descuartizado. Era el hijo de una de las señoras que
estaba allí. En la otra bolsa había una persona calcinada, y en la otra un trozo de carbón. La hija
de la testigo no tenía parte de su cabello y presentaba señales de que había sido arrastrada y
golpeada. El m��dico de la morgue le ayudó con un cajón para sacar el cuerpo de su hija de la
morgue. La testigo envió el cuerpo con un familiar a su casa, mientras ella volvía al hospital a ver
a su hijo.