-17- Su familia ha recibido amenazas. A su hija Gisela le mandaron una ofrenda floral a APRODEH que decía que iba a morir; a sus hijas menores “dos policías se les acercaron para decirles que no comenten nada”; asimismo, “en la esquina de [su] casa había policías para vigilar[los]”. Está preocupado por la seguridad de su hija Gisela, quien además de no haber concluido sus estudios, “se nota que la ha afectado esto porque el carácter de ella es muy fuerte y antes no era así”. Además, siente mucha pena porque nunca volverá a ver a su hijo. Recibió una indemnización por parte del Estado por la desaparición de su hijo en 1995. Sin embargo, a catorce años de lo ocurrido siente que “todavía no hay justicia” Finalmente, solicitó a la Corte que ordene al Estado “que desaparezca ese trato como terroristas”. d) José Ariol Teodoro León, padre de Robert Edgar Teodoro Espinoza Su hijo había sido criado por él, su abuela y su madre de crianza. Cuando se enteró de la desaparición de su hijo se “desmorali[zó y pensaba] lo peor”. Él y su esposa le llevaban ropa porque pensaban que estaría pasando frío. Se enteró sobre el descubrimiento de las fosas a través de la revista “SI”. Su esposa y él se turnaban para ir a las excavaciones todos los días. Reconocieron un pedazo de pantalón y de chompa de su hijo. Sintió “dolor[,] angustia [y] pena”. Su familia y él seguirán “sufriendo hasta la muerte”. “Ya no quier[e] trabajar. ¿Para qué? […] si ya [se va] a morir más bien”. Solicitó a la Corte que ordene al Estado que les devuelva los restos de su hijo; que se termine “de una vez el juicio de La Cantuta”; que disponga “una sanción ejemplar”, y una reparación. e) José Oyague Velazco, padre de Dora Oyague Fierro Su hija estaba estudiando educación inicial y quería “construir un colegio y dirigirlo”. Se enteró de la desaparición de su hija “porque ella debería regresar un día viernes y no llegó, entonces fu[e] a la Universidad a buscarla y el Ejército no [lo] dejó entrar”. Sintió “un nerviosismo, [l]e vino un presentimiento de que algo feo iba a pasar[. Posteriormente,] al ver el nombre de ella [en el diario se puso] a llorar, porque s[intió] que algo le había pasado”. Su hermano y él presentaron una denuncia ante la Fiscalía. Sin embargo, “nunca hubo una satisfacción a [su] pedido”. Cuando se enteró de que se habían encontrado fosas sintió “rabia, impotencia, injusticia, cólera, por el abuso que habían cometido los militares”. En una de las fosas encontró las medias de su hija. Fue entonces cuando pensó que lo sucedido “había sido un acto premeditado, alevósico y ordenado por alguien.”

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