18 el ejército, específicamente el general Clavijo, “hizo una reunión en el pueblo y que le dio cincuenta mil pesos a las personas, pero [la testigo] no quis[o asistir]”. En cuanto a su participación en las diligencias de reconocimiento de cadáveres, la testigo manifestó que se “entera[ron] que iban a [llevar] los cuerpos al Hospital de Montería. [Ella] no quisiera recordar eso[.] Esos cuerpos estaban destrozados, había personas que tenían sólo del tronco para abajo, otros sin cabeza. Eso nunca lo h[a] podido entender. [La señora Villalba Sánchez] cogía las camisas de los cadáveres y les echaba agua para saber si eran las de [su] esposo. [No] pud[o] encontrar[lo]. Nadie [le]s ayudaba a buscar. [L]os cuerpos los [llevaron] en bolsas negras[ y cada quien] tenía que romper esas bolsas para ver. Cre[e] que hay que reclamar al [Estado por haber] saca[do] los cuerpos con retroexcavadoras. [Piensa] que debieron haberlos sacado uno por uno, como se merece un ser humano. [E]so es un error muy grande […]. Es que si las autoridades no querían hacerlo […] hubieran llamado a los familiares y [ellos] lo hubi[eran] hecho.” La señora Leovigilda Villalba Sánchez decidió “irse del pueblo por miedo”. En Pueblo Bello dejó todo: la casa, el negocio y la ropa, porque “existían muchos rumores que los paramilitares iban a entrar otra vez” al pueblo. La testigo expresó que antes de los hechos “la vida en Pueblo Bello era muy buena porque todos [se] conoc[ían] y el pueblo era muy unido y muy trabajador”. Sus hijos “eran muy unidos con el padre, [pues él] era una persona que sacaba su tiempo para compartirlo con sus hijos, iba al río, jugaba parqués con ellos”. Después de los hechos su familia se desintegró. La señora Villalba Sánchez mandó a sus hijas a Turbo a vivir “en una pieza alquilada”. Su hija Delia suspendió sus estudios para cuidar a su hermana Leda y nunca más pudo seguir estudiando. Sus hijos empezaron a “tener mucho resentimiento por lo que le había pasado a su padre[. E]ntraron al ejército; era como si quisieran morir. [Su hijo Onasis] permaneció [en el ejército] y quedó ciego.” Por su parte, la testigo “casi [se] vuelv[e] loca[. Asistió a] un psicólogo y luego en Montería estuv[o] donde un psiquiatra. [Se le] empezó a caer el cabello, sentía mucho miedo, sentía que todo el mundo [la] perseguía y perdi[ó] mucho peso. Quería morir[se].” Con posterioridad a los hechos, un señor llamado Pedro Escobar Mejía iba a su tienda y le decía que sus hijos supuestamente desaparecidos “Juan Luis y Leonel [lo] est[aban] llamando y que [se iba] a ir con ellos. Después de eso don Pedro se suicidó. [Le] hizo falta un psicólogo”. La testigo desea que se haga justicia y que se encuentren los restos de los desaparecidos, que el Estado reconozca lo que pasó y que se comprometa a devolverles a sus seres queridos. c) Benildo José Ricardo Herrera, padre de Elides Ricardo Pérez y Luis Carlos Ricardo Pérez Cuando ocurrieron los hechos el testigo vivía en Pueblo Bello con su mujer y sus hijos, y era pastor de la iglesia presbiteriana. Ese día vio “una cantidad de soldados y policías[. A] los hombres los llevaron a la plaza; […] se armó una confusión y ahí fue cuando comenzaron a subir gente a las ‘jaulas’”. Cuando los pobladores comenzaron a buscar gente se dieron cuenta de que faltaban diez jóvenes miembros de la iglesia, quienes eran “muchachos apartados del mal[. El testigo] los conoc[ía]

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