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muy bien, era gente que le daba vida al pueblo[. D]entro de los que faltaban
estaban [sus] dos hijos. Había gente llorando, […] hubo personas que tuvieron
manifestaciones del Espíritu Santo […]. Como [ellos] sab[ían] que eran los
tangueros, ya sab[ían] que los habían matado”. Al día siguiente, cuando pasaron
por el retén militar, la jueza que venía en la comisión que se formó le preguntó al
teniente que si había visto pasar las “jaulas” y el teniente se puso muy nervioso y
dijo que por ahí no habían pasado. El testigo manifestó que considera que el Estado
“sabe lo que pasó, sabe quiénes lo hicieron y ha debido por lo menos reparar[los]”.
El testigo expresó que con posterioridad a los hechos, la vida de Pueblo Bello cambió
“porque entonces llegó el ejército y estableció como doscientos soldados que antes
no había. Ya no podía pasar la guerrilla y se hizo imposible la vida de la gente, [por
lo que] empezó a abandonar las casas”. En Pueblo Bello él y su familia tenían cuatro
solares, pero prácticamente tuvieron que regalarlos, pues amenazaron a su esposa,
por lo que “tuvo que malvender[los]”, ya que sólo le dieron ciento veinte mil pesos
por ellos. Así, el señor Ricardo Herrera se desplazó junto con su familia hacia
Barranquilla.
Los nietos del testigo, hijos de Elides Ricardo, quieren ir a la universidad pero “no
tienen medios […] y como no tienen a su papá no hay quien los ayude”. Su esposa
se puso “flaquitica, se la pasaba llorando, eso fue terrible […] ella sólo pensaba en
sus hijos”.
El señor Ricardo Herrera expresó que desea que se haga por lo menos un
reconocimiento y se les dé una indemnización para que los familiares de los
supuestos desaparecidos “pue[dan] caminar tranquilos y que [los] hijos [de aquéllos]
puedan estar bien, estudiar y que no vayan a terminar por ahí consumiendo bazuco”.
d) María Cecilia Ruiz de Álvarez, esposa de José del Carmen Álvarez
Blanco
La señora Ruiz de Álvarez manifestó que el día de los hechos llegó a Pueblo Bello un
camión “carpado o jaula” y ella dijo a su esposo que era el ejército o la guerrilla,
pero que se trataba de gente armada. Éstos se empezaron a llevar gente, entre
ellos a su marido. Las mujeres que no querían que se llevaran a sus familiares
fueron golpeadas por esos hombres armados. De un momento a otro, dichos
hombres provocaron incendios, la luz comenzó a fallar y se fue. La testigo “empez[ó]
a preguntar por [su] esposo pero nadie sabía nada.”
Después de los hechos la señora Ruiz de Álvarez fue al hospital de Montería al
reconocimiento de unos cadáveres, los cuales estaban en el “en el piso, ahí regados,
entre uno y otro sólo había un espacio para poner los pies y poder identificarlos[.
A]lgunos cuerpos estaban en mal estado porque [según les] dijeron, […] los habían
sacado con máquinas”. Ella entró al llamado “cuarto del olvido” sin que ninguna
autoridad le pidiera ninguna documentación, ni la acompañara para el
reconocimiento de cadáveres. La testigo pensó que “iba a reconocer a [su] esposo
por la ropa y porque él se [había llevado] la billetera con sus documentos de
identidad.”
Cuando ocurrieron los hechos la testigo tenía veinte años de casada con el señor
José del Carmen Álvarez Blanco. Vivían de la agricultura y de la ganadería en la
Octavia, “en una parcelita de ocho hectáreas, ten[ían] animales y sembrados […]”.
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