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Capitán Guzmán le ordenaba contestar las preguntas, amenazándolo de muerte.
Además, utilizaron unos alambres, que conectaron a un tomacorriente, y empezaron
a colocar los extremos descubiertos en diferentes partes de su cuerpo desnudo y
mojado, lo cual, por su estado de debilidad, le hizo perder el conocimiento.
Al día siguiente, se despertó muy enfermo y por la tarde lo sentaron en una silla y le
dijeron: “hoy sí vas a hablar, porque hoy sí te vas a morir”, y ante su negativa a
darles respuestas, lo golpearon nuevamente con un bate de béisbol.
El día después llegaron más personas al cuarto donde se encontraba y uno de ellos
dijo “sí, este es Bayardo”. Después este mismo hombre se acercó a él, lo identificó
por su nombre y por el seudónimo de la guerrilla, y le solicitó que reconociera a
miembros del Frente que aparecían en unas fotografías. Posteriormente se enteró
que esta persona era conocida por el seudónimo de Jorge, y que era un miembro del
Ejército que se había infiltrado en la organización insurgente.
Los miembros del Ejército le preguntaron por su familia, y al no obtener respuesta
sobre dónde se encontraba, trajeron y golpearon a un cuñado suyo, quien también
estaba detenido, para obtener la información, pero fue finalmente el propio testigo
quien comunicó dónde se encontraba. Un mes después, sus dos hijos de 3 y 5 años y
su suegra con seis hijos fueron capturados en Retalhuleu y enviados a la Zona Militar
No. 1316, donde los mantuvieron en la enfermería por cerca de dos meses.
Al tomar conciencia que había gente que lo conocía en el Ejército, y que por su
seguridad y la de su familia ya no podía ocultar lo que conocía del Frente, se vio
obligado a colaborar y brindar información al Ejército en cuanto a miembros del
Frente y su estructura. Sin embargo, en dos ocasiones lo llevaron a una base en
Mazatenango y hubo balaceras, por lo cual los miembros del Ejército pensaron que
los estaba llevando a una emboscada. Durante el tiempo que permaneció en esta
base dormía en un cuarto junto con miembros de la G-2 siempre atado y con un
hombre al lado.
A principios de noviembre de 1988 lo trasladaron, junto con cerca de 18 miembros
del F.A.R. recién capturados, a las instalaciones de la Policía Militar Ambulante en la
Zona Militar No. 6 de la capital, donde permaneció por una semana. Los demás
detenidos habían recibido el mismo trato que el testigo. En esa base miembros del
Ejército les comunicaron que les iban a otorgar una amnistía. Después, los obligaron
a aparecer frente a la prensa y decir que eran miembros de la guerrilla que habían
desertado de las F.A.R. y que se habían presentado voluntariamente a la Zona Militar
No. 1316. Los miembros del Ejército le dijeron que se abstuviera de hablar sobre su
captura y sobre los golpes sufridos, y que recordara que su familia estaba detenida.
Incluso el periodista presente trabajaba para el propio Ejército.
A “la gente que presentaron a la prensa la ubicaron en diferentes lugares con una
vigilancia, por parte del Ejército, donde tenía que ir a presentarse dos o tres veces
por semana a la zona que estaba más inmediata”. A él lo trasladaron y lo ubicaron
en la Zona Militar No. 12, en Santa Lucía Cotzumalguapa, Escuintla. Ahí permaneció
colaborando con miembros de la G-2 identificando gente de las aldeas, y lo
mantenían siempre atado. Después de cuatro meses, le permitieron circular
libremente dentro de la zona militar, pero le impedían salir de ese lugar.
A finales del año 1989 lo trasladaron a la Zona Militar No. 6, en la capital, para
trabajar con un comando que pertenecía al Estado Mayor del Ejército conocido como
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