activamente. Por ejemplo, Antonia Difienjo señaló que “en comparación con otros en
el país, […] nosotros no tenemos los mismos derechos en Suriname”. Stanley
Rensch expresó que existe “un apoyo insuficiente a la idea […] de que los Maroons
se merezcan el mismo tipo de protección legal en el país”.
95.
Más aun, la impunidad persistente ha tenido un grave impacto en los
miembros de la comunidad de Moiwana, como pueblo N’djuka. Tal como se ha
señalado en los hechos probados (supra párr. 86.10), la justicia y la “responsabilidad
colectiva” son principios centrales en la sociedad N’djuka tradicional. Si un miembro
de la comunidad es ofendido, sus familiares – que serían todos los miembros de
linaje maternal – están obligados a buscar justicia para la ofensa cometida. Si ese
familiar ha muerto, los N’djuka creen que su espíritu no podrá descansar en paz
hasta que se haga justicia. Mientras que la ofensa siga sin sanción, el espíritu de la
víctima – y posiblemente otros espíritus ancestrales – pueden atormentar a sus
familiares vivientes.
96.
En este sentido, el perito Kenneth Bilby manifestó que, de conformidad con
las creencias tradicionales, los espíritus de los muertos afectan a un número cada
vez mayor de miembros de la comunidad cuando no hay solución a una transgresión
grave. Los testigos que declararon ante la Corte expresaron un gran miedo hacia
esos espíritus y mucho remordimiento porque sus esfuerzos para obtener justicia
aun no han tenido éxito. Como lo declaró Andre Ajintoena, es “esencial” buscar
justicia cuando alguien muere de manera injusta; esta obligación de “enderezar las
cosas”, si no se cumple, causará sufrimientos tanto a los vivos como a los muertos.
Por estas razones, el señor Ajintoena estableció una organización, Association
Moiwana, dedicada a promover una investigación del ataque de 1986; sin embargo,
debido a la denegación de justicia a la que se siguen enfrentando los miembros de la
comunidad, el señor Ajintoena señaló, “es como si estuviéramos muriendo una
segunda vez”, Así, los miembros de la comunidad no sólo han sufrido la indignación
y vergüenza de haber sido abandonados por el sistema de justicia penal de Suriname
– a pesar de las graves acciones perpetradas en contra de su aldea – sino también
han debido sentir la ira de los familiares que murieron injustamente durante el
ataque.
97.
Asimismo, debido a la impunidad continuada por la operación militar de 1986
y al desconocimiento por parte de los miembros de la comunidad acerca de los
motivos de tal ataque, éstos han sufrido una profunda ansiedad frente a la
posibilidad de enfrentar hostilidades si regresaran a sus tierras tradicionales. Erwin
Willemdam testificó ante la Corte que, desde que ocurrió el ataque, ha conducido su
vehículo cerca de la aldea de Moiwana en varias ocasiones, pero nunca se ha
detenido: “mientras no se haya hecho justicia, […] no podemos regresar a quedarnos
a ese lugar”. La prueba testimonial demostró que para que los miembros de la
comunidad se sientan suficientemente seguros para establecer nuevamente su
residencia en la aldea de Moiwana, deben conocer por qué ocurrieron las muertes y
qué hará el Estado para exigir la responsabilidad de los autores de esos hechos.
b)
Imposibilidad de los miembros de la comunidad de honrar apropiadamente a
sus seres queridos fallecidos
98.
Como quedó establecido en los hechos probados (supra párrs. 86.7 a 86.9),
el pueblo N’djuka tiene rituales específicos y complejos que se deben seguir después
de la muerte de un miembro de la comunidad. Asimismo, es extremadamente
importante tener la posesión de los restos mortales del fallecido, ya que el cadáver
47
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