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Ese día murieron aproximadamente 280 personas. La masacre fue cometida por
miembros del ejército, de las PAC, de la Policía Judicial y por los comisionados
militares.
A las 9:00 de la mañana del lunes 19 de julio de 1982 regresó a Plan de Sánchez y
observó que aún salía humo de las casas que habían sido destruidas. Se encontró
con Juan Manuel Jerónimo, quien había perdido a toda su familia, y se unieron con
otros sobrevivientes para apagar el fuego que consumía a los cadáveres.
Encontraron cuerpos quemados y otros carbonizados. La mayoría de los cuerpos de
las mujeres jóvenes que habían sido separadas del grupo yacían desnudos. A las
11:00 de la mañana se presentaron los comisionados militares y miembros de las
PAC con la orden del ejército de enterrar los restos de las víctimas en dos horas.
Nadie pudo enterrar a sus familiares de acuerdo con sus ritos mayas.
Después de la masacre todo fue destruido y robado por el Ejército de Guatemala.
Debido a que perdió su vivienda y pertenencias, el testigo se vio forzado a
esconderse en la montaña con sus hijos, aproximadamente durante cinco meses.
Los sobrevivientes se escondían de noche en las montañas y en la mañana
regresaban a Plan de Sánchez, haciendo turnos para vigilar si el ejército se
aproximaba y así poder huir. El tiempo del desplazamiento forzado fue una época
muy dura en su vida. Sus hijos se enfermaron por las condiciones climáticas y el
hambre. No recibieron asistencia médica.
No regresaron a Plan de Sánchez porque no lo permitía el comisionado militar, si
alguien lo intentaba corría el riesgo de ser arrestado, conducido al destacamento
militar y ser ejecutado. Después de vivir dos años en la montaña, un comisionado le
dijo que si se unía a las PAC podía vivir en Coxojabaj. De esta manera comenzó a
patrullar.
A mediados del año 1984 el destacamento militar autorizó que un grupo aproximado
de quince familias, todos sobrevivientes de la masacre, regresara a Plan de Sánchez.
El programa del Centro de Integración Familiar les proporcionó láminas para poder
empezar la reconstrucción de sus viviendas. A pesar de su pobreza, antes de la
masacre existía armonía y solidaridad entre los habitantes de la aldea. Después todo
cambió y el nivel de pobreza aumentó.
El regreso a Plan de Sánchez fue muy duro ya que era difícil iniciar actividades
agrícolas. Actualmente siembra café en su propiedad y, a partir de 1990, empezó a
vender. El Estado no les ha devuelto sus bienes.
El dolor por la pérdida de sus familiares los acompaña y acompañará por el resto de
sus vidas.
Muchos estaban muy deprimidos y querían dejar de vivir como
consecuencia de la pérdida de sus familias, incluso, algunas personas murieron a
causa de este sufrimiento. Nunca olvidará estos hechos.
Los ancianos encargados de oficiar las ceremonias mayas fallecieron en la masacre y
con ellos la tradición terminó, ya que los jóvenes no tuvieron quien les enseñara.
Además, los comisionados militares y los patrulleros vigilaban cada reunión, por lo
que tenían miedo de celebrar las ceremonias religiosas.
Nadie podía hablar
libremente ni discutir sobre la situación de represión y violencia que se vivía en la
comunidad. Las PAC y los comisionados militares ejercieron estricto control sobre
los miembros de la comunidad. A pesar de que las actividades de las patrullas
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