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hacia la autoridad. Aparecen o se intensifican sentimientos de desconfianza y
escepticismo hacia las instituciones estatales. Además los sentimientos de
desamparo e inermidad pueden ser muy intensos y sumir a todos los
afectados directos en un estado de dependencia infantil con una polaridad
ambivalente de intensos afectos: frustración-odio, impotencia-desafío.
El hecho de que no haya justicia, significa otra herida en la herida previa para
las personas afectadas. El psiquismo no acepta la impunidad, y si los
responsables no son castigados, la ira se volcará sobre el cuerpo social
encargado de implementar justicia, sobre los familiares o sobre los propios
afectados. Es posible que éstos sufran trastornos muy severos, que pueden
llegar hasta la incapacidad permanente o la muerte.
Los efectos de la incapacidad permanente consisten en depresión, frustración,
sentimientos de autocompasión y desvalorización. Esto genera vínculos de
mucha dependencia, dificultades para relacionarse adecuadamente con otros
y la pérdida de la capacidad de disfrute. Hay una tendencia de aislamiento
del mundo exterior. Al haber sido producida por hechos violentos, la
incapacidad de integrarse al nuevo estado de vida resulta más difícil aun,
debido a que el aparato psíquico está “incapacitado” para procesar el daño.
Actualmente, la concepción de una integración mente-cuerpo es generalizada.
Cuando un evento traumático sobreviene a una persona, disminuye la fuerza
del sistema inmunológico, lo que la hace más propensa a contraer
enfermedades. Eso se debe a que el aparato psíquico tolera un límite de
irrupción de dolor y angustia. Cuando ese límite se pasa, el psiquismo acude
a otros mecanismos. Uno de ellos es la desviación de parte importante de
esa angustia al cuerpo. Esa energía psíquica dolorosa se convierte entonces
en enfermedad física. El malestar se concentra en el cuerpo y disminuye en
la mente sin que las personas registren esa disociación. Este mecanismo se
expresa tanto en sintomatologías menos severas (cefaleas, gastritis, úlceras,
dermatitis, perturbaciones ginecológicas en las mujeres, etc.) como en las
enfermedades terminales (cáncer) y las afecciones cardiovasculares.
La ejecución extrajudicial provoca efectos severos en todos los familiares
sobrevivientes, aunque con diferencias que tienen que ver con el vínculo
mantenido con la víctima, con el momento vital por el que atraviesa y con la
edad del afectado. La ejecución es difícilmente seguida por un proceso de
duelo normal. Por lo mismo, se cae a menudo en melancolía, estado
psicopatológico que se caracteriza por quedarse en el pasado. Se agregan
sentimientos de injusticia y de impotencia extrema, por la imposibilidad de
aceptar la muerte, que impiden la elaboración del dolor. La impotencia aísla,
la pena y el dolor se encierran, causando un daño psicológico que puede
hacerse crónico y se transmite a través de las generaciones. Los afectos se
disocian, dañando y deteriorando intensamente los vínculos familiares.
Las desapariciones forzadas crean en la familia un daño intra-subjetivo.
Produce una dualidad siniestra del pensamiento. El “ojalá que aun viva” se
acompaña de la fantasía y muchas veces certeza, de horrores padecidos por
la víctima, y se transforman en un “ojalá que la muerte haya terminado con
su sufrimiento”.
Esa duda afecta al futuro, convirtiéndolo en una
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