19 “no hace nada malo”. Cuatro policías entraron a la casa a inspeccionarla. Uno se quedó en la camioneta con la presunta víctima, quien estaba amarrada de manos y de pies. Los policías entraron al cuarto de la presunta víctima y revisaron los libros, levantaron la cama, abrieron la cómoda, sacudieron sus cosas pieza por pieza y llamaron a un fiscal varias veces para que fuera y firmara el acta de inspección. Cuando ya habían revisado todas las cosas de la presunta víctima decidieron llevarse su computadora. Dijeron a la testigo que se la iban a devolver al día siguiente, pero que para eso ella tenía que firmar un documento. Ella se negó a firmar. Los policías le respondieron que si no firmaba, también detendrían a ella y a su otro hijo Gustavo, hermano de la presunta víctima. La señora Asto y sus dos hijos que se encontraban en la casa firmaron el documento pensando que con eso les devolvieran la computadora. Después se pasó el documento al señor Wilson García Asto, quien estaba amarrado en la camioneta desde que empezó la inspección, hacía aproximadamente tres horas. Le desataron las manos y él firmó el acta, lo cual resultó ser el acta de intervención domiciliaria. Casi dos horas mas tarde llegaron dos fiscales. Uno de ellos firmó el acta de intervención y se fueron todos con la computadora, la cual nunca devolvieron. La presunta víctima pasó incomunicada 15 días en la cárcel del Palacio de Justicia. Después lo trasladaron al penal Castro Castro, donde estuvo incomunicada por treinta días más. Con posterioridad al período de incomunicación, sólo se permitía una visita por mes. También una vez por mes podía recibir víveres, a través de la policía, quien se encargaba de entregarlos a los detenidos. Para entrar a visitar a los detenidos, se tenía que hacer fila afuera, no importaba el clima. La policía revisaba minuciosamente todas las cosas que llevaban. También tenían que pasar por una revisión corporal, en donde la testigo sufría las burlas de los guardias. El día 2 de julio de 1999 salieron noticias en la radio relativas a que había violencia en el penal Castro Castro, por lo que ella se fue corriendo a averiguar qué había pasado con su hijo. La testigo encontró que la zona había sido cubierta con bombas lacrimógenas. Al llegar al penal, se le informó que se había trasladado a su hijo, pero nadie le dijo dónde. Posteriormente se enteró de que lo habían llevado al penal de Yanamayo. Para visitar a su hijo en Puno tenía que viajar desde el jueves al sábado para llegar a tiempo para su visita de sólo una hora el domingo y además tenía que buscar hospedaje. No había transporte que le llevara hasta el penal y tenía que caminar medio kilómetro en el frío y con todas las cosas que traía para su hijo en la espalda. Después de llegar al penal, tenía que pasar otra vez por una revisión de cosas, tenía que sacar cada cosa de su envoltura, hasta pelar las frutas que traía, lo cual resultó en un gasto de dinero. Cuando finalmente logró ver a su hijo, la testigo declaró que estaba flaco, pálido y morado del frío. La presunta víctima se quedó en el penal de Yanamayo hasta el 21 de septiembre de 2001. Después lo trasladaron al penal de Challapalca, donde estuvo hasta el 21 de agosto de 2002. En este penal no había vías de comunicación y el acceso era difícil. Había un lugar en la base militar donde normalmente se hospedan los familiares de los presos, pero ahí no se hospeda a los familiares de acusados de terrorismo. Además, las familias del pueblo que también hospedan a los familiares de los internos no querían hospedar a los familiares de un acusado de

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