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Inicialmente no se ubicó con precisión la fosa donde se encontraba el cadáver, lo cual
hizo necesario que se sacaran previamente dos cuerpos, pues se encontraban en un
área donde se enterraban los XX muy cerca el uno del otro. Cuando lograron
encontrar el cadáver sobre el que se había realizado la autopsia en 1992, le hicieron
exámenes para establecer su identidad, buscando rasgos característicos de Bámaca
Velásquez, principalmente su dentadura y edad.
Al examinar la osamenta recuperada, se encontró, entre otros, que no tenía el
prognatismo, ni la separación de los incisivos mediales superiores e inferiores. Por el
contrario, presentaba “unas coronas metálicas” en ambos incisivos mediales
superiores. Además, al analizar las características del esqueleto se determinó, a
través del método Todd, que correspondía a un individuo de entre 18 y 22 años de
edad, y no de 34 como Bámaca Velásquez.
Con la información recopilada, los miembros del Equipo de Antropología Forense de
Guatemala llegaron a la conclusión de que el cadáver analizado “no correspond[ía] a
la osamenta del señor Bámaca [Velásquez]”, debido a las divergencias en el registro
dental y la edad.
El doctor Michael Charney, quien estuvo presente en la
exhumación en Retalhuleu, llegó a iguales conclusiones.
Tuvo acceso al informe de la primera autopsia realizada por el médico forense de
Retalhuleu al cadáver XX, la que indicaba que el cráneo presentaba una compresión
o aplastamiento; una laceración muy fuerte y profunda causada por una soga;
heridas en el hombro izquierdo originadas con un objeto punzo-cortante; una herida
de proyectil de arma de fuego en el área torácica derecha, lo cual afectó el riñón
derecho y el hígado; golpes contusos en el tórax y marcas impresas en los tobillos,
señal de que la persona estuvo atada de los pies. Estos detalles demostraban que la
persona sobre la cual se realizó la autopsia no murió en combate, sino que los
traumatismos descritos podrían corresponder a formas de violencia o tortura
infligidas antes de la muerte.
No fue posible contar con fotos de la autopsia, pues “en muchas oficinas forenses
departamentales no cuentan con los recursos para poder hacer este tipo de análisis”.
En términos generales, el análisis médico forense está bien detallado, pero faltaron
“otros tipos de análisis que hubieran complementado la información”.
Durante la exhumación el ambiente fue “bastante tenso”. Había vehículos sin placas
a la entrada del cementerio y personas no identificadas tomando fotos de quienes
realizaban la diligencia.
Estuvo presente en otra exhumación realizada en Coatepeque, el 10 de noviembre de
1994, con el fin de establecer si el cadáver que se encontraba en una fosa
correspondía o no a Bámaca Velásquez. En esta ocasión estuvieron presentes el
doctor William Hagland de la organización Physicians for Human Rights de los
Estados Unidos de América, el médico forense de Coatepeque, autoridades locales de
la Policía Nacional, miembros del Equipo de Antropología Forense de Guatemala,
algunos periodistas, observadores y Jennifer Harbury, quien se encontraba “en medio
de una huelga de hambre”.
Después de comparar el registro dental y determinar la estatura y la edad de los
cadáveres, se concluyó que ninguno de los dos cuerpos encontrados en Coatepeque
correspondía a Efraín Bámaca Velásquez.
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