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García Ibarra se vieron profundamente afectados, en una medida u otra, principalmente por la
modificación de sus relaciones sociales y la ruptura en la dinámica familiar, pues la señora Pura
Vicenta se dedicó a la búsqueda de justicia, lo cual implicó un abandono parcial en el cuidado de
los demás hijos, algunos de los cuales dejaron de asistir al colegio, pasaron de ser estudiantes a
buscar trabajo para solventar gastos de alimentación y estudio de los menores, no lograron
atender estudios superiores y sufrieron consecuencias emocionales intensas. Los familiares
expresaron frustración por tener que haber desistido de la búsqueda de justicia. Si bien las
supuestas amenazas que habrían recibido no fueron denunciadas, tampoco fue desvirtuado por
la muerte de mi hijo] porque ese es un dolor que nunca se acaba. Mientras uno viva nunca se acaba”. Declaraciones
rendidas el 5 de enero de 2015 por afidávit por Ana Lucía García Ibarra, hermana de la víctima: “la noche en que
nuestro hermano fue asesinado acabó para nosotros la niñez, la adolescencia y pasa[mos] a tratar de comprender […]
los cambios que tiene la vida, así dejamos de asistir al colegio y no terminamos nuestros estudios, se borraron […] los
sueños e ilusiones que teníamos, por ejemplo mi hermano mayor quería ser ingeniero eléctrico pero por el
acontecimiento ocurrido se volvió alcohólico […], para mi hermano Santo Gonzalo […] fue un poco más duro porque el
asesino de nuestro hermano lo amenazó de muerte poniéndole una pistola en la cabeza, desde ese momento […]
quería matar, quería hacer justicia con sus propias manos, entró a las pandillas y se volvió un hombre muy peligroso
[…], mi hermana Lorena se quedó encargada de los quehaceres de la casa, mi hermano Alfredo el día del asesinato
tuvo tanto miedo que se perdió y lo encontramos escondido en el parque detrás de un árbol muy asustado y llorando,
después empezó a enfermarse de fiebres y convulsiones y […] Juan Carlos perdió el cuidado de nosotros los hermanos
mayores, […] perdimos el cariño y la comprensión de nuestros padres, como ellos andaban tras la búsqueda de justicia
[…] me tocó asumir la responsabilidad a mí […] el día que mi hermano murió acabó para mí todo motivo de sueños e
ilusiones, como ser pediatra, para pasar a […] ser la cabeza principal de toda mi familia, me tocó empezar a trabajar y
exponerme ante el peligro que significa estar en las calles especialmente las noches porque salía tarde del trabajo, y
tenía en mi mente el asesino de mi hermano que aparecía por donde yo caminaba ya que este vivía muy cerca, todo el
dinero que ganaba era para la mantención de mis padres y hermanos […], mi madre […] al ver que no logró hacer
justicia se enfermó con depresión, taquicardia y otras enfermedades más, el dinero que ganaba ya no nos alcanzaba
por tal motivo tuve que sacarlos de la escuela a mis hermanos menores para comprar medicinas, […], pasábamos
hambre […] desesperación y […] angustia, me sentía morir”. El señor Alfonso Alfredo García Macías, padre de la
víctima, declaró: “[…] recordar tan trágico episodio […] llena mi corazón de gran dolor, […] no logro entender cuál fue
el motivo de su asesinato[…], mis hijos […] tenía[n] en su mente llegar a ser profesionales algún día, […] en especial
José Luis. Me gustaba verlo sonreír y jugar […], [en] el mo[me]nto que ocurrió su fatal partida yo me encontraba
conversando con un amigo, vi correr a mi esposa gritando a la esquina, cuando llegué a ver lo que pasaba me di
cuenta que era mi hijo que estaba tirado en el suelo […], mi vida y la de mi familia cambió radicalmente […]
afectándome tan profundamente que me dediqué a buscar justicia todos los días y dejé de trabajar, mis hijos pasaron
de ser estudiantes a buscar trabajo para solventar gastos de alimentación y estudio de los menores, mi esposa se
enfermó […], estábamos al cuidado de nuestros hijos menores de edad, […] me sentía inútil […], no tenía qué darles
de comer […], me ponía a llorar hasta en las calles, sufría de desprecio de las autoridades, de burlas de quienes tenían
que velar por la justicia que yo exigía, […] pedí ayuda a todas las instituciones del estado que pude pero sólo recibí
amenazas […] y desistí porque ya no alcanzaba el dinero que mis hijos aportaba[n] y llegué a pensar que la justicia no
era [para] la gente con falta de recursos económicos. Me duele que mi hija siendo adolescente tuv[iera] que dejar de
estudiar para trabajar y poder ayudarnos […], vivíamos un desconsuelo total y en zozobra del miedo por las amenazas
que sufría constantemente de cierta entidad del estado, nunca se hizo justicia por mi hijo, ya que […] Guillermo Cortez
Escobedo […] sólo fue arrestado 8 días en el mismo comando de policía a su libre antojo. Por esto me sentí frustrado
de ver tal situación de injusticia”. La señora Lorena Monserrate García Ibarra, hermana de la víctima, declaró: “[…] fue
una escena muy espantosa, terrible y dolorosa […], en ese entonces yo solo tenía 13 años de edad y me tocó vivir un
infierno de pobrezas y privaciones después de aquel suceso […] recuerdo muy bien cada detalle de aquella noche y
todo lo que nos tocó vivir, […] mi familia se derrumbó y ya nada era igual, el día que velábamos a mi hermano vino la
familia del asesino […] a darnos un dinero para que […] no le siguiéramos juicio al policía asesino, como mi familia no
lo aceptó empezaron a humillarnos, amenazarnos […] se llenaba de odio mi corazón; mi hermano […] Alfredo empezó
a tener convulsiones y siempre estaba perdido y temeroso al igual que el resto de mis hermanos, […] Juan siempre
lloraba y le preguntaba […]a mi papá si ya lo iban a poner preso al asesino de mi hermano, mi madre iba a los
juzgados de forma diaria y por motivo de tanta presión se enfermó, bajó mucho de peso , […] lloraba y pasaba
nerviosa todo el tiempo, intranquila y preocupada y no nos dejaba salir, mi papá […] pasaba en la calle buscando
justicia para nuestro hermano, él ya no podía trabajar, perdimos toda la atención, el cariño, el amor que nos podían
dar, […] ya no había comida, estudios, medicinas […]; mi hermano mayor se dedicó al alcohol y las drogas, sufría
mucho, decía que su hermanito no merecía morir así, […] mi otro hermano, Santo, […] se hizo pandillero y muy
agresivo […] quería asesinar al criminal […], decía que sólo así estaría en paz, más aun cuando el asesino le apuntó
con un arma en la cabeza para amenazarlo de muerte […]; mi hermana Anita tuvo que dejar sus estudios […] tomar
las riendas del hogar trabajando hasta altas horas […] todo esto por darnos estudio y lo que necesitábamos a los 3
menores, […] pasamos mucho hambre y necesidad, yo tuve que pedir permiso a las autoridades de mi colegio para
que me dejaran pedir una colaboración a cada curso para así ayudar con algo de dinero para la caja de mi hermano,
[…] no podía concentrarme en mis estudios ya que mi colegio quedaba al lado de la Policía Nacional por lo cual tenía
que pasar por ahí quiera o no y este hombre siempre estaba ahí intimidándome cuando yo pasaba, tuve que dejar los
estudios para ayudar en casa, me hice cargo de mi mamá y hermanito […], fue triste, ya no podía salir con mis
amigos”.
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