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torturados por la Policía, y quienes corren con suerte son “solamente maltratados”.
Los primeros síntomas psicológicos de los internos aparecieron al estar en el hospital
y se manifestaron por angustia intensa, insomnio y el revivir con angustia la
situación ante el menor indicio de algún factor que se pudiera relacionar con la
experiencia. Asimismo, en estos menores se ha conformado el diagnóstico llamado
“stress post traumático”. Dichos menores en ningún momento fueron asistidos desde
el punto de vista psiquiátrico o psicológico; al contrario, los maltratos continuaron y
algunos fueron trasladados a dos cárceles de adultos: la Penitenciaría de Tacumbú y
a Emboscada. Esta última es un penal de alta seguridad, donde generalmente están
los delincuentes más peligrosos. Algunos de los internos solicitaron estar en una
celda de seguridad para evitar que los agredieran o los abusaran sexualmente.
Las secuelas más importantes encontradas por causa del incendio, así como por las
anteriores y posteriores agresiones a sus derechos humanos sufridas, son las
siguientes: autoestima totalmente disminuida; agresividad como mecanismo de
defensa; angustia por la incertidumbre de su situación como personas, por su
presente y por su futuro; depresiones frecuentes; dificultad para conciliar el sueño;
terrores nocturnos; miedo; temor que al salir en libertad no tengan a nadie ni la
posibilidad de sobrevivir honestamente, razones por las cuales deberán reincidir y
ser recluidos una vez más. Estos jóvenes están afectados psicológica y socialmente.
A pesar de ello, tienen esperanzas de cambiar y creen que pueden ser útiles a la
sociedad y ayudar a otras personas.
En 2001, con un calor sofocante, con el habitual hacinamiento y como protesta por
no poder soportar esa penosa situación, los internos prendieron fuego a algunos
colchones. El incendio cobró magnitud rápidamente; los portones estaban bajo llave
con candado y los guardias no encontraban la llave. El humo y la temperatura alta
empezaron a sofocar a los internos. Pese a que había gritos de dolor y
desesperación, los internos no tuvieron ayuda inmediata, ya que los guardias ni
siquiera habían llamado a los bomberos. Algunos internos caían desvanecidos.
Seguían los gritos de pedido de ayuda, mientras algunos cuerpos se quemaban. Uno
de los jóvenes relató que el olor a carne quemada mezclado con el humo y el calor
era insoportable. Algunos internos lograron salir por una pequeña apertura que
lograron hacer en el techo. Una vez escapados de las llamas fueron trasladados en
ambulancias al hospital.
Para que los jóvenes que estuvieron en el Instituto se puedan reincorporar
fácilmente a la vida en sociedad, deberán vivir en un primer momento en un lugar
seguro, donde los traten humanamente y con afecto; asimismo, deben pasar un
tiempo prudencial de recuperación psicológica y afectiva – es decir, reparación de las
heridas afectivas y emocionales – y deben sentirse útiles para recuperar su
autoestima. En síntesis, necesitan un ambiente donde se puedan readaptar
positivamente. Este ambiente podría ser brindado por una Institución que se ocupe
de ese tipo de problemas, en donde los jóvenes puedan estudiar para tener una base
sólida y aprender alguna actividad dignificante que puedan desempeñar y que los
incorpore a la sociedad.
Asimismo, los jóvenes deben tener un acompañamiento psicoterapéutico, que les
permita reflexionar acerca de todo lo que fue su vida y, después, construir un nuevo
proyecto de vida diferente. Finalmente, para hacer frente a estas necesidades
urgentes y para que puedan reinsertarse en la sociedad, el Estado debe asegurar a
dichos jóvenes una pensión como reparación, ya que ellos se encuentran con