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Algunos internos peleaban por comida porque tenían hambre. Los pabellones eran
grandes de aproximadamente 6 metros por 3 metros, en los cuales estaban entre 20
ó 25 internos en cada uno. Había como 500 personas en el Instituto. En el pabellón
donde llegó estaban algunos condenados y él estaba procesado. Ellos limpiaban el
suelo. No había ventilación pero sí había luz. Tenía un baño sucio y sólo tenían una
ducha sin agua caliente ni toalla. No les daban ropa ni elementos de higiene. Andaba
descalzo.
La comida no era rica y se enfermó por causa de ésta. La comida la preparaban los
internos, ya que la cocinera sólo cocinaba para los guardias. Cuando llegaba la
prensa o los observadores de derechos humanos, la cocinera cocinaba.
No había nivel para él en la escuela, ya que sólo llegaban hasta segundo grado y él
iba en sexto. Sin embargo, iba a clases dos horas diarias para pasar el día. Había
una biblioteca pero no era para los internos. No aprendió ningún oficio; lo único que
aprendió fue a robar, a fumar cigarros y droga también. La marihuana, la caña y las
pastillas las vendían los guardias. Los hacían practicar la religión católica y no podía
llamar por teléfono, sólo mandar cartas. No había médico, ni dentista, ni oculista, ni
psiquiatra. Tampoco había enfermería. Si no se “curaban se morían”. Si los guardias
descubrían que los internos tenían cuchillos, los trasladaban a Emboscada.
En el incendio del 11 de febrero de 2000, un guardia le pegó a un interno y los
demás se enojaron. Dijeron que iban a quemar los colchones para que fuera la
prensa. Sus amigos tenían hambre y, además, se les pegaba. Los internos tomaron
la decisión de hacer el incendio porque “algunos llevaban ahí ocho, diez años y
querían salir. Se aburrían.” En el incendio él estaba durmiendo. Cuando él se levantó
abrió una ventana y así todos pudieron respirar. Se quemó todo: los brazos, el pecho
y la espalda. El olor le hacía mal, y escupía sangre y cenizas. No podían salir porque
había una aguja dentro del cerrojo. Pedían auxilio y los guardias decían “pe
manomba” que quiere decir, “muéranse todos”. Los mismos internos tardaron 15
minutos en abrir el pabellón.
En el hospital tardaron como media hora para atenderlo. Estuvo siete meses
internado, dos de los cuales estuvo en coma. Luego le llevaron a su casa y ahí se
curó. Después lo regresaron al Instituto, ya que no le querían dar su libertad. Sufrió
muchísimo. Estuvo como preso domiciliario un año y seis meses. Lo condenaron
hasta que estuvo en Itauguá, el cual es un lugar mejor pero la comida es un
desastre y también les pegan. Quiere estudiar y no quiere que le pase nada a su
familia. Ni el Instituto ni Itauguá le ayudaron a cambiar.
Solicitó a la Corte apoyo para salir adelante y para estudiar, ya que le gustaría ser
médico y no tiene dinero para estudiar. Asimismo, solicitó que se le brinde ayuda
para su hogar, ya que los desalojaron. Finalmente, solicitó ayuda para que pueda
mover su brazo.
73.
El 31 de marzo de 2004 el Estado remitió las declaraciones juradas rendidas
ante la Escribanía Mayor de Gobierno de la República del Paraguay por los testigos
Fernando Vicente Canillas Vera, Teresa de Jesús Almirón Fernández, Michael Sean
O’Loingsigh, Teófilo Báez Zacarías, Estanislao Balbuena Jara, Gloria Carolina Noemí
Nicora de Martínez, Edgar Eduardo Giménez Gamarra, Carolina Isabel Laspina de
Vera, Mirtha Isabel Herrera Fleitas, Inés Ramona Bogarín Peralta, Ana María de Jesús
Llanes Ferreira, María Elizabeth Flores Negri, Maureen Antoinette Herman, Teresa