la posesión tradicional de los indígenas sobre sus tierras tiene efectos equivalentes al título de pleno
dominio que otorga el Estado; 2) la posesión tradicional otorga a los indígenas el derecho a exigir el
reconocimiento oficial de propiedad y su registro; 3) los miembros de los pueblos indígenas que por
causas ajenas a su voluntad han salido o perdido la posesión de sus tierras tradicionales mantienen el
derecho de propiedad sobre las mismas101, aún a falta de título legal, salvo cuando las tierras hayan sido
legítimamente trasladas a terceros de buena fe; y 4) los miembros de los pueblos indígenas que
involuntariamente han perdido la posesión de sus tierras, y estas han sido trasladas legítimamente a
terceros inocentes, tienen el derecho de recuperarlas o a obtener otras tierras de igual extensión y
calidad.”102
96.
El Estado tiene el deber de dar “certeza geográfica” a la propiedad comunitaria,
como señaló este Tribunal al decidir el caso Awas Tingni Vs. Nicaragua. En esa
oportunidad, y en decisiones posteriores, la Corte se refirió a los deberes de “delimitar”
y “demarcar” el territorio, además de la obligación de “titularlo”103. Así, por ejemplo,
101
De acuerdo con lo que ha señalado la Corte, el derecho de propiedad de pueblos indígenas sobre el
territorio se extiende, en principio, a las tierras y recursos que usan en forma actual, como también a
aquellas tierras de las que fueron despojados y con las que mantienen una relación (cfr. Caso de la
Comunidad Mayagna (Sumo) Awas Tingni Vs. Nicaragua, párr. 153.2, y Caso Comunidad Indígena Yakye Axa
Vs. Paraguay, párr. 135).
102
Caso Comunidad Indígena Sawhoyamaxa Vs. Paraguay, párr. 128, también Caso Pueblo Indígena
Xucuru y sus miembros Vs. Brasil, párr. 117. Es preciso explicar, a propósito de la mención a “terceros
inocentes”, que la Corte ha notado en su jurisprudencia que puede haber contradicción entre la propiedad
comunitaria indígena y la propiedad privada particular. Al respecto, lo indicado debe entenderse
considerando también otras puntualizaciones efectuadas por la Corte en su jurisprudencia. En ese sentido,
este Tribunal ha dicho que las eventuales restricciones a la propiedad comunitaria indígena pueden ser
convencionalmente admisibles, siempre que obedezcan ciertas pautas: a) “estar establecidas por ley”; b)
tener “el fin de lograr un objetivo legítimo en una sociedad democrática”, es decir, un “objetivo […] colectivo
[…] que, por su importancia, prepondere […] claramente sobre la necesidad del pleno goce del derecho
restringido”; c) ser “necesarias” para “satisfacer un interés público imperativo”, y d) ser “proporcionales”, en
el sentido de “ajustarse estrechamente al logro de[l] legítimo objetivo, interfiriendo en la menor medida
posible en el efectivo ejercicio del derecho restringido”. Teniendo en cuenta lo anterior es que los Estados
deben valorar, caso a caso, la contradicción entre derechos de propiedad cuando esté involucrada la
propiedad comunitaria y las “restricciones que resultarían del reconocimiento de un derecho sobre otro”. Al
hacerlo, deben tener en cuenta que “los derechos territoriales indígenas abarcan un concepto más amplio y
diferente que está relacionado con el derecho colectivo a la supervivencia como pueblo organizado, con el
control de su hábitat como una condición necesaria para la reproducción de su cultura, para su propio
desarrollo y para llevar a cabo sus planes de vida[; que l]a propiedad sobre la tierra garantiza que los
miembros de las comunidades indígenas conserven su patrimonio cultural”, y que preservar la identidad
cultural de los pueblos o comunidades indígenas puede ser un “objetivo colectivo” que haga necesaria la
restricción a derechos de particulares. Esto no significa que siempre deba prevalecer la propiedad
comunitaria indígena sobre la particular, pero en los casos en que justificadamente las comunidades
indígenas se vean privadas de su territorio tradicional, dichas comunidades deben, de ser posible, conforme
indica el artículo 16.4 del Convenio 169, “recibir tierras cuya calidad y cuyo estatuto jurídico sean por lo
menos iguales a los de las tierras que ocupaban anteriormente, y que les permitan subvenir a sus
necesidades y garantizar su desarrollo futuro. Cuando los pueblos interesados prefieran recibir una
indemnización en dinero o en especie, deberá concedérseles dicha indemnización, con las garantías
apropiadas”. La Corte ha expresado que “[l]a elección y entrega de tierras alternativas, el pago de una justa
indemnización o ambos no quedan sujetas a criterios meramente discrecionales del Estado, deben ser,
conforme a una interpretación integral del Convenio No. 169 de la OIT y de la Convención Americana,
consensuadas con los pueblos interesados, conforme a sus propios procedimientos de consulta, valores, usos
y derecho consuetudinario” (cfr. Caso Comunidad Indígena Yakye Axa Vs. Paraguay, párrs. 144, 145, 146,
148 y 151, y Caso del Pueblo Saramaka Vs. Surinam, párr. 127).
103
Caso de la Comunidad Mayagna (Sumo) Awas Tingni Vs. Nicaragua, párr. 153. La Corte tuvo
oportunidad de explicar, en relación con un caso puntual, que las obligaciones estatales son “secuenciales”, y
rigen tanto respecto del territorio tradicional como de tierras “alternativas”: “primero se debe identificar el
territorio de la Comunidad, lo que a su vez significa establecer sus límites y demarcaciones, así como su
extensión. Concluida la identificación del territorio y sus límites, de resultar que el mismo se encuentra en
manos privadas, el Estado debe iniciar los procedimientos para su compra o valorar la conveniencia de
expropiarlo […]. De darse motivos objetivos y fundamentados que imposibiliten que el Estado reivindique el
territorio identificado como el tradicional de la Comunidad, deberá entregarle tierras alternativas, que serán
electas de manera consensuada. Finalmente, sea que se expropien o se elijan de manera consensuada las
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