artículo titulado “NO a las mentiras”, en el que se pronunció respecto de los hechos antes
señalados, en los siguientes términos:
Esta semana, por segunda ocasión, la Dictadura informó a través de uno de sus
voceros que el Dictador está considerando la posibilidad de perdonar a los
criminales que se levantaron el 30 de septiembre, por lo que estudia un indulto.
No sé si la propuesta me incluya (según las cadenas dictatoriales, fui uno de los
instigadores del golpe); pero de ser así, lo rechazo.
Comprendo que el Dictador (devoto cristiano, hombre de paz) no pierda
oportunidad para perdonar a los criminales. Indultó a las mulas del narcotráfico,
se compadeció de los asesinos presos en la Penitenciaría del Litoral, les solicitó
a los ciudadanos que se dejen robar para que no haya víctimas, cultivó una gran
amistad con los invasores de tierras y los convirtió en legisladores, hasta que lo
traicionaron.
Pero el Ecuador es un Estado laico donde no se permite usar la fe como
fundamento jurídico para eximir a los criminales de que paguen sus deudas. Si
cometí algún delito, exijo que me lo prueben: de lo contrario, no espero ningún
perdón judicial sino las debidas disculpas.
Lo que ocurre en realidad es que el Dictador por fin comprendió (o sus abogados
se lo hicieron comprender) que no tiene cómo demostrar el supuesto crimen del
30 de septiembre, ya que todo fue producto de un guion improvisado, en medio
del corre-corre, para ocultar la irresponsabilidad del Dictador de irse a meter en
un cuartel sublevado, a abrirse la camisa y gritar que lo maten, como todo un
luchador de cachacascán que se esfuerza en su show en una carpa de circo de
un pueblito olvidado.
A esta altura, todas las “pruebas” para acusar a los “golpistas” se han
deshilvanado:
El Dictador reconoce que la pésima idea de ir al Regimiento Quito e ingresar a
la fuerza fue suya. Pero entonces nadie pudo prepararse para asesinarlo ya que
nadie lo esperaba.
El Dictador jura que el exdirector del Hospital de la Policía cerró las puertas para
impedir su ingreso. Pero entonces tampoco allí hubo ningún complot porque ni
siquiera deseaban verle la cara.
Las balas que asesinaron a los policías desaparecieron, pero no en las oficinas
de Fidel Araujo sino en un recinto resguardado por fuerzas leales a la Dictadura.
Para mostrar que el 30 de septiembre no usaba un chaleco blindado, Araujo se
colocó uno delante de sus Jueces y luego se puso la misma camiseta que llevaba
ese día. Sus acusadores tuvieron que sonrojarse ante la palpable demostración
de que los chalecos blindados simplemente no se pueden ocultar.
Podría seguir pero el espacio no me lo permite. Sin embargo, ya que el Dictador
entendió que debe retroceder con su cuento de fantasmas, le ofrezco una salida:
no es el indulto lo que debe tramitar sino la amnistía en la Asamblea Nacional.
La amnistía no es perdón, es olvido jurídico. Implicaría, si se la resuelve, que la
sociedad llegó a la conclusión de que el 30 de septiembre se cometieron
demasiadas estupideces, de parte y parte, y que sería funesto condenar a unos
y premiar a otros.
¿Por qué el Dictador sí pudo proponer la amnistía para los “pelucones” Gustavo
Noboa y Alberto Dahik, pero en cambio quiere indultar a los “cholos” policías?
El Dictador debería recordar, por último, y esto es muy importante, que con el
indulto, en el futuro, un nuevo presidente, quizás enemigo suyo, podría llevarlo
ante una corte penal por haber ordenado fuego a discreción y sin previo aviso
contra un hospital lleno de civiles y gente inocente.
Los crímenes de lesa humanidad, que no lo olvide, no prescriben75.
Artículo “NO a las mentiras” publicado en el diario El Universo el 6 de febrero de 2011 (expediente de
prueba, folios 4555 y 4556).
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