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159. En primer lugar, el Estado tenía pleno conocimiento de que la región donde se
encuentra Mapiripán se caracterizaba por altos grados de violencia dentro del marco
del conflicto armado interno (supra párr. 96.23), a pesar de lo cual omitió proteger a
la población de Mapiripán, particularmente a sus niños y niñas.
160. Por otro lado, tal como fue establecido (supra párrs. 96.36 y 96.55), la
violencia desatada durante la masacre de Mapiripán alcanzó con particular intensidad
a los niños y las niñas de la población: muchos de ellos vieron cómo se llevaban a
sus familiares –en su mayoría padres–, escucharon sus gritos de auxilio, vieron
restos de cuerpos tirados, degollados o decapitados y, en ciertos casos, supieron lo
que los paramilitares les habían hecho a sus familiares. Más aún, durante la
masacre fueron ejecutados o desaparecidos los niños Hugo Fernando y Diego
Armando Martínez Contreras, de 16 y 15 años de edad respectivamente (supra párr.
96.40), y existen declaraciones de testigos de los hechos que refieren niños no
identificados que habrían sido ejecutados, incluidos algunos de meses de nacidos
(supra párrs. 75.l) y 96.52). Además, surge del expediente que los entonces niño y
niñas Carmen Johanna Jaramillo Giraldo, Gustavo Caicedo Contreras y Maryuri
Caicedo Contreras fueron amenazados por los paramilitares al tratar de seguir o de
buscar a sus familiares durante los días de la masacre. En ese sentido, Gustavo
Caicedo Contreras, de 7 años de edad al momento de los hechos, manifestó que “a
[los paramilitares] no les importaba si eran niños o bebés, se los llevaban por el sólo
hecho de preguntar por el familiar que […] tenían”225.
161. Con posterioridad a la masacre de Mapiripán, numerosas familias salieron del
pueblo y, en su gran mayoría, no han regresado a éste. Tal como se desarrolla en el
capítulo respectivo, los niños y las niñas, al verse desplazados –en particular Carmen
Johanna Jaramillo Giraldo, Gustavo Caicedo Contreras, Maryuri Caicedo Contreras,
Rusbel Asdrúbal Martínez Contreras y los hermanos Valencia Sanmiguel, a saber,
Nadia Mariana Yinda Adriana, Johanna Marina, Roland Andrés y Ronald Mayiber–, se
vieron sometidos a condiciones como la separación de sus familias, el abandono de
sus pertenencias y sus hogares, el rechazo, el hambre y el frío. Por ejemplo, la
entonces menor de edad Carmen Johanna Jaramillo Giraldo sufrió amenazas por
parte de los paramilitares con posterioridad a la masacre (supra párr. 96.141). Por
su parte, Gustavo Caicedo Contreras, de 7 años de edad al momento de los hechos,
manifestó que se ha sentido rechazado “porque cuando estaba en Bogotá la gente lo
miraba […] medio raro por ser desplazado”226. Además, algunos de los niños y las
niñas desplazados tuvieron que vivir en “casas” hechas de lata y plástico, y hacerse
cargo de sus hermanos menores, debido a que sus madres debieron buscar empleo
para el sustento familiar. Al respecto, Johanna Marina Valencia Sanmiguel, de 8
años de edad al momento de los hechos, manifestó:
Aguantamos hambre y mi madre tuvo que trabajar para conseguir la comida. Tuve que
empezar a cuidar a mis hermanos desde los ocho años. Tengo un hermano con
necesidades especiales y tuve que darle tetero y limpiarlo. También tuve que cocinar
[…]227.
225
Cfr. declaración jurada rendida por el testigo Gustavo Caicedo Contreras el 16 de febrero del
2005 (expediente sobre declaraciones rendidas o autenticadas ante fedatario público, folio 4566).
226
Cfr. declaración jurada rendida por el testigo Gustavo Caicedo Contreras el 16 de febrero del
2005 (expediente sobre declaraciones rendidas o autenticadas ante fedatario público, folio 4567).
227
Cfr. declaración jurada rendida por la testigo Johanna Marina Valencia Sanmiguel el 16 de febrero
del 2005 (expediente sobre declaraciones rendidas o autenticadas ante fedatario público, folio 4577).
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