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Fuerzas Armadas y al señor Montesinos. Obtuvieron resoluciones favorables por
parte de “dos de las pocas juezas honestas del Poder Judicial”. La jueza Greta
Minaya firmó la resolución el 10 de mayo, la que se dio a conocer el 11. El 12 de
mayo, fue cambiada de cargo sin razón alguna. La otra jueza emitió una resolución
similar, firmó su dictamen el 12 de mayo, lo dio a conocer ese mismo día y el 13 del
mismo mes fue también cambiada de cargo.
Con respecto a la campaña de desprestigio, los diarios sensacionalistas tenían una
influencia directa por parte del Ejército. Se demostró que habían llegado, vía fax,
varios titulares a uno de estos periódicos amarillistas, provenientes de la oficina del
señor
Bresañe,
relacionista
público
de
la
Comandancia
del
Ejército.
Simultáneamente aparecían los mismos titulares en los periódicos, lo cual hacía
obvia su procedencia. Por otra parte, un grupo de trabajadores de El Chato renunció
y denunció, con pruebas, que el propietario de este periódico recibía hasta
US$6.000,00 (seis mil dólares de los Estados Unidos de América) por titular
publicado, el cual llegaba al periódico, el que a su turno debía inventar la noticia
correspondiente. La idea era exhibir esos periódicos como afiches en los puestos de
venta.
Otro método utilizado fue la publicación de un periódico apócrifo, llamado República.
Para ello copiaron la tipografía y logotipo del diario La República y empezaron a
regalar ejemplares en los que atacaban a los periodistas y al propietario del diario
original. La investigación de una institución estatal demostró que este diario se
editaba y distribuía a través de dos periódicos amarillistas comprometidos en esta
campaña. A pesar de haber identificado la fuente, nunca hubo una investigación
fiscal ni judicial, aun cuando se estaba cometiendo delito al publicar el diario
apócrifo.
Era notorio el interés por controlar la televisión. Para ello se utilizaba mecanismos
económicos contra las empresas. La Superintendencia de Administración Tributaria
era particularmente estricta con quienes eran críticos del Gobierno, y
extremadamente liberal con quienes no lo eran. La publicidad estatal fue la más
importante en 1999 y la primera mitad de 2000, debido a la crisis y a la recesión,
pero fue usada con propósitos políticos y de presión sobre los medios; a los adeptos
al Gobierno se les daba información privilegiada y a los medios críticos no se les
daba ni siquiera la información que debía ser pública.
La actuación del aparato judicial también tuvo efecto intimidatorio sobre el resto de
los propietarios de medios, que se atemorizaban cuando se privaba a alguno de ellos
de la propiedad de su medio.
Estos casos se presentaban en forma sistemática, no aisladamente. En el plan del
golpe de 1989, que no se dio sino hasta 1992, quedó previsto que se debía
coordinar “con los responsables, empresarios y promotores de los medios de
comunicación, la autocensura y el marco de accionar que les es permitido en esta
coyuntura”. Desde diciembre de 1996, existieron el Plan Octavio, el Plan Bermuda y
el Plan Narval. Una de las consecuencias de las denuncias periodísticas de esos
planes fue la búsqueda de quienes los habían “filtrado” a la prensa. Las
consecuencias más obvias fueron las torturas a la agente de Inteligencia Leonor La
Rosa y el descuartizamiento de la agente Mariela Barreto. No se trataba de una
teoría, sino de planes concretos para aplicar esta política de control sobre los medios
de comunicación. Como éstos, hubo varios ejemplos más.