e) Perito: Kenneth M. Bilby, antropólogo
La historia de los Maroons Orientales, que incluyen a las comunidades
N’djuka, Aloekoe y Saramaka, data de por lo menos la primera parte del Siglo
XVIII, cuando sus ancestros huyeron de plantaciones de otras partes de las
costas de Suriname.
Para los N’djuka la tierra es una personificación de su identidad colectiva;
también sirve como depositaria de su historia cultural y es su principal fuente
de subsistencia. Asimismo, en la sociedad N’djuka una mujer debe tener
acceso a la tierra de manera tal que pueda cumplir sus obligaciones y
funcionar adecuadamente dentro de su comunidad.
Para que la comunidad N’djuka funcione normalmente, los miembros deben
tener una patria. Aun si viajan a otras partes, hay ritos vitales que deben ser
llevados a cabo en su aldea de origen, lo cual les permite continuar
expresando su continuidad como comunidad. Sin un hogar tradicional al cual
regresar, la sociedad se desintegraría, porque sería difícil mantener su
identidad cultural y sus obligaciones sociales.
En respuesta a una muerte en la sociedad N’djuka, se inicia una serie de
complejos ritos religiosos y ceremonias, los cuales requieren entre seis meses
y un año para completarse. Este proceso es de importancia crítica porque es
fundamental que los muertos sean honrados adecuadamente; como
resultado, los ritos requieren la congregación de personas y recursos para
fines ceremoniales más grandes en la sociedad N’djuka.
Es extremadamente importante poseer los restos mortales del fallecido, dado
que la forma en que se trata el cadáver refleja el grado de respeto que se
tenía a la persona durante su vida. Más aún, es necesario que los restos
mortales sean colocados en el lugar apropiado de entierro del grupo familiar.
Por otro lado, en todas las sociedades Maroon, la idea de la cremación es
repugnante; por esta razón, el hecho de que los cadáveres de muchos
residentes de Moiwana hayan sido quemados se consideraría muy ofensivo.
Si los rituales no se llevan a cabo de conformidad con las reglas tradicionales,
esto se considera una ofensa moral, la cual no sólo enoja el espíritu del
individuo que murió, sino también puede ofender a otros ancestros fallecidos.
Esto lleva a una serie de “enfermedades causadas espiritualmente” que se
manifiestan como enfermedades físicas reales; sin embargo, no se pueden
curar con medios convencionales u occidentales. Estas enfermedades pueden
afectar potencialmente todo el linaje natural, el grupo familiar al cual
pertenecía el fallecido. Estos problemas y enfermedades no desaparecen por
sí mismos, sino deben ser resueltos eventualmente a través de medios
sociales y ceremoniales; si no, persistirán por generaciones.
Tomando en cuenta todo lo anterior, la situación de los sobrevivientes de
Moiwana es “catastrófica” y “sin precedentes para el pueblo N’djuka o
cualquier pueblo Maroon”. La sola escala del número de muertes debidas al
ataque es imponente, pero el hecho de que la comunidad no pueda ni siquiera
iniciar los rituales necesarios para alcanzar la reconciliación es “difícil de
imaginar”.
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