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La repentina “desaparición” de la presunta víctima acabó con la armonía del hogar. Su nivel
de vida bajó totalmente. Comenzaron a faltar alimentos, la testigo debió empeñar sus cosas
y vender la casa para pagar deudas y los estudios de sus hijos. Mientras trabajaba como
maestra, la testigo tuvo que dejar a sus hijos más pequeños en guarderías, en las cuales
recibieron malos tratos.
En 1989 aceptó convivir con una persona mucho mayor que ella, Cristóbal Navarro, por
necesidad, a cambio de un respaldo económico, mas no afectivo. En 1994 el señor Navarro
sufrió un atentado y quedó parapléjico de por vida, lo cual profundizó la crisis emocional y
económica que vivían.
A raíz de la “desaparición” de Antonio, la testigo comenzó a trabajar en 1989 en ASFADDES.
Desde entonces comenzó a sufrir amenazas por parte de un grupo llamado “Mano Negra”.
Además, entró a trabajar en el equipo coordinador para la defensa y promoción de los
derechos humanos MINGA y en 1990 sufrieron un atentado “en la residencia”. Supo luego
que la persona que había ejecutado el atentado formaba parte de las “autodefensas”,
quienes “mantenían estrecha relación con la Policía”. A raíz de las amenazas recibidas por
parte de este grupo, la testigo debió desplazarse a la ciudad de Cúcuta y luego a la ciudad
de Bogotá.
Las consecuencias personales para la testigo son un cambio profundo e irreversible en su
personalidad y sus esperanzas. Siente una gran amargura, impotencia y tristeza. Ni sus
hijos ni ella pudieron reponerse nunca de lo sucedido. Sus hijos sufrieron mucho por lo
ocurrido a su padre. Lloraban, lo llamaban, lo esperaban, luego se volvieron rebeldes, se
fueron convirtiendo en personas tristes, amargadas y tuvieron que madurar
prematuramente.
La testigo espera que se haga justicia, que se dé con los responsables de los hechos
ocurridos en este caso, que les entreguen los restos de la presunta víctima para sepultarlo y
que se limpie su nombre, ya que han intentado ligarlo con la guerrilla.
d)
Testimonio de la señora Miryam Mantilla Sánchez, hermana de la
presunta víctima Víctor Manuel Ayala Sánchez
La testigo tenía 46 años al momento de la desaparición de su hermano Víctor Manuel.
Víctor Manuel Ayala Sánchez tenía 32 años al momento de su desaparición, vivía en
Bucaramanga con su esposa, Sandra Montero, y sus dos hijos en común, Caterine y Juan
Manuel. Además, Víctor Manuel tenía otro hijo, Víctor Hugo Ayala. La presunta víctima era
conductor de un taxi afiliado a la empresa transportadora “Motilones” y tenía otro automóvil
afiliado a la misma empresa. Era una persona muy trabajadora, alegre, generosa, solía
ayudar y orientar a la testigo en el cuidado de sus cinco hijos, a quienes dedicaba tiempo,
ya que ella vivía en una situación muy difícil. Víctor Manuel siempre estuvo pendiente de
las necesidades y gastos de sus padres y de los de la testigo.
La testigo supo de la “desaparición” de su hermano cuando su madre le comentó que la
esposa de Víctor Manuel le había contado que él “no aparecía”. Por ese motivo, Sandra fue
a buscarlo a “la Dorada”, lugar donde también desapareció su propio hermano, y estando
allí le dijeron que se fuera de ese lugar porque la situación era muy peligrosa.
A partir de ese momento la testigo y sus familiares fueron a la Brigada, a la Procuraduría, a
las emisoras y al periódico “Vanguardia Liberal”. En la Brigada y en la Procuraduría no
recibieron apoyo, en esta última les dijeron que estaban investigando pero no les dieron