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Con el propósito de dar con su paradero, acudió a diversas autoridades administrativas,
presentó varios recursos de exhibición personal ante los tribunales competentes, habló
con congresistas y realizó diligencias ante organismos internacionales. En esos
momentos, recibió presión psicológica por parte de agentes del Estado y fue objeto de
una campaña de difamación en su contra. Inclusive realizó huelgas de hambre, “pero
nada, no logr[ó] salvar[le] la vida, fue asesinado”. Las huelgas de hambre fueron útiles
para conocer la verdad de lo sucedido con él, y le produjeron importantes secuelas
físicas, como una drástica pérdida de peso, daños neurológicos en uno de sus ojos,
problemas en el metabolismo y en el corazón.
La captura y desaparición de su esposo, así como la obstrucción y falta de administración
de justicia en las gestiones internas de búsqueda de su marido le causaron un gran
sufrimiento emocional, sobre todo por sus experiencias previas con víctimas de
violaciones de derechos humanos en Guatemala, ya que conocía la situación de tortura a
la cual él podría estar expuesto. “[E]so significa amputación de los genitales, amputación
de las manos [...], quemaduras de los cigarrillos, corta[duras de] la lengua, [asfixia] con
capuchín lleno de gamesán para que no empiece con convulsiones; [estar] colgado atrás
por las manos y [...]estar en un hoyo bajo tierra […]; choques de electricidad era[n]
muy com[unes].”
En este sentido, el proceso de búsqueda le generaba sentimientos contradictorios, pues
aunque mantenía la esperanza de encontrarlo con vida, también tenía la convicción de
que el mantenerlo vivo en manos del ejército significaría más tortura y mayor
sufrimiento para él, situación que empeoraba por las gestiones que ella realizaba.
Cuando conoció que su esposo estaba muerto cayó en una profunda depresión, y tenía el
sentimiento de culpabilidad de no haber hecho lo suficiente para impedir que sucediera.
La posibilidad de tener una pareja y un futuro hasta la muerte natural de ambos, la
posibilidad de tener hijos con éste y la posibilidad de formar un hogar terminaron con la
noticia de la muerte de Efraín Bámaca Velásquez. Sin embargo, posteriormente, pudo
manejar mejor el dolor y sintió que no podía abandonar la lucha por los derechos
humanos y contra la impunidad. La principal secuela que sufre hoy es la de tener
pesadillas sobre lo que pudo haberle sucedido a su esposo mientras estuvo detenido en
manos de agentes del Estado.
En relación con los familiares del señor Bámaca Velásquez, expresó que les guarda
mucho cariño y que se reúne frecuentemente con ellos. Manifestó que, “cuando
escuch[a] al padre[,] escuch[a] exactamente la voz de Everardo, […] tiene el mismo
acento, la[s] misma[s] manera[s], las mismas expresiones”. Declaró asimismo que a las
hermanas y sobrinos de su esposo les tiene mucho cariño y les brinda apoyo económico,
el cual utilizan para mejorar su alimentación y reparar sus casas.
Recibir una indemnización económica de la Corte Interamericana de Derechos Humanos
es importante para contribuir a combatir la impunidad en Guatemala y también tiene un
valor simbólico para compensar el sufrimiento de su esposo. Destacó su interés en
entregar, una vez que se le otorgue, la integridad de dicha indemnización a los
familiares del señor Bámaca Velásquez.
Estima de gran importancia tener los restos mortales de su esposo, pues no desea que
“quede[n] en manos [del ejército]” y además siente la necesidad de “tenerlo en [sus]
brazos una vez más”. No obstante, no ha intentado buscar nuevamente el cadáver de
su esposo por la falta de protección, las amenazas y el temor por su integridad y la de
quienes colaboren con ella.
Sin embargo, todavía considera fundamental su
participación en las exhumaciones para garantizar que las autoridades no van a cometer