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que con su familia no se metan, que si ellos querían que hagan lo que sea a él, pero no a su familia ni a
sus hijos [ni] su esposa. […] Hubo un momento que se quedó todo en silencio, […] como 5-10 minutos así
en silencio, luego se escuchó de nuevo que le decían que donde no hablara lo iban a matar, luego se
escuchó dos disparos, […] sólo dos y disparos, y él gritó quejándose de dolor. Eso fue lo último que
escuchamos de mi papá en ese momento.
[…] Después me enteré por los vecinos de parte al frente y conversando […] con mi hermano, que [a mi
padre] lo habían sacado a la parte exterior de la casa hacia un carro que estaba estacionado en la parte
de afuera. Lo habían sacado con pantaloneta blanca con una funda en la cabeza y que luego lo volvieron a
ingresar […] a uno de esos camiones que tienen los militares; […] dicen que lo subieron y luego de un rato
lo bajaron y lo ingresaron dentro de la casa de nuevo y allí escucharon los disparos, porque los vecinos
también escucharon los disparos […].
Alicia Rodríguez Villegas:
nosotros estábamos durmiendo cuando ellos ingresaron. [Nos despertamos] cuando escuchamos la
explosión de la bomba en la puerta […]. Yo estaba con mi niña aparte en el otro dormitorio. [Mi hija vio
los hechos] porque […] se metía debajo de la cama y como el dormitorio de ella no tiene puerta ella vio
cuando le dispararon […] me dice “mami a Wilmer le dieron dos disparos pero no se escucharon los
disparos” […].
[Cuando los militares …] nos sacaron, [nos] embarcaron en el camión de la armada con los ojos vendados
y de allí nosotros no vimos más nada […]. Nosotros regresamos el camión nos dio una vuelta y nos
bajaron y nos pusieron hacia la pared en una casa esquinera y de allí a los que ya se llevaron al muerto y
nos dijeron cada cual puede ingresar a sus habitaciones.
Teresa María Susana Cedeño Paz:
[…] Nos despertamos por la explosión de una bomba. Se escuchó como un ruido de un tanque de gas […,]
tenía mucho miedo[,…] al asomarme a la ventana […] – porque yo era […] la que podía levantarme
porque mi esposo no se podía levantar – [vi que] eran muchos militares y [que] habían puesto la bomba.
[Luego hubo] una explosión [y…] entraron […militares] en mi casa [alrededor de las] 5:30 de la mañana.
[Los militares] entraron por la puerta donde […] habían puesto el aparato [e] ingresaron [diciendo] que
buscaban a un tal Luis Mejía y a [mi compañero] le decían: “¿Tú eres Luis Mejia?” y él dijo: “No, yo soy
Miguel Caicedo, yo no soy Luis Mejía”. Y le pegaban, le pegaban y le pegaban. [Un militar] le dijo: “Pero si
tú estas cojo tiene que ser por lo que andas robando, matando”. [Mi compañero] le dijo: “No, yo vine de
Chone, recién tengo nueve meses. Vine por el problema de mi pierna. Me operaron en el hospital y no sé
nada de lo que me están preguntando”.
[Miguel] no podía levantarse [ni oponer resistencia; además, en la casa no había armas,] sólo […]
cuchillos […] para cocinar. […] Ellos le seguían pegando y a mí me llevaron al cuarto donde estaban mis
muchachos y yo escuchaba clarito cuando le ponían corriente y él decía: “No me pongan corriente,
déjenme tranquilo” […]. Salió un hijo mío […] a ver los gritos de su padre [y] de los golpes que le pegaron
[…] cayó al suelo y entonces [Miguel] dijo que si [ib]an a matar a su mujer y [a] su hijo, lo matan a él.
[También] decía que […] cambia[ba su] vida […] por las de nosotros […] Entonces nos sacaron de allí de
la casa y nos llevaron al lado en otra casa y allí nos pusieron [por un tiempo limitado] para que no
escucháramos [pero aún podíamos escuchar] cómo le pegaban[.] Allí lo cogieron ellos y se lo llevaron al
patio –porque cuando escuchamos los disparos se escuchaba hacia el patio. […] Escuchamos dos disparos
[y] ya no se escuchó nada más después […]. Allí vinieron unas bolquetas llenas de militares y […] nos
llevaron al frente […] como a una cuadra [a] una escuela. Nos pusieron [contra] la pared, […] con las
manos atrás […], no podíamos hablar. […] De allí yo pude ver que [se] lo llevaban entre cuatro militares,
dos de las manos y dos de los pies y entonces lo mecieron así y lo tiraron al balde. [En el patio había
rastros de sangre].
107. Los testimonios señalados, en la medida en que son de familiares de las presuntas víctimas,
no pueden ser valorados aisladamente (supra párr. 40), por lo que, si bien serían testigos
presenciales el día de los hechos, sus relatos no demostrarían por sí mismos la circunstancia
específica en que las presuntas víctimas habrían sido ejecutadas en ese lugar. En algunos
testimonios, además, el relato se refiere a lo que escucharon de terceras personas. Según surge de
las autopsias realizadas por el propio Departamento de Policía, los cuerpos de las tres presuntas
víctimas tenían cada uno entre cinco y doce disparos de armas de fuego en diferentes partes del