-16- b) Dina Flormelania Pablo Mateo, tía de Heráclides Pablo Meza Vivió con su sobrino, su esposo y sus hijos durante siete años aproximadamente. Heráclides era un muchacho trabajador y estudioso, que anhelaba tener una profesión. Se enteró de la desaparición de su sobrino por el diario. Fue a indagar sobre su paradero, pero nadie le daba razón; hasta “negaban la incursión a la universidad”. Cuando se enteró del hallazgo de las fosas pensó que eso una cárcel o una casa, por lo que creyó que su sobrino estaba vivo. Luego fue al lugar y encontró los restos quemados. Sintió un dolor terrible. Pudo identificarlo al “ver el pelo, las uñas [y] la ropa”. La pérdida de su sobrino ha afectado mucho a ella y a su familia. El corazón mismo no se olvida de lo que ha pasado. Durante tres meses debió ocultarle la verdad a su hermano, padre de Heráclito, porque “tenía miedo de decirle […], ya que […] sufre del corazón”. Cuando él se enteró reaccionó muy triste. Se terminó su capital por realizar gastos para buscar justicia. Por tanto, tuvo que cerrar su puesto en el mercado. Tuvo guardaespaldas por tres o cuatro meses porque sentía miedo de que le sucediera algo, ya que “tenía que seguir andando, seguir buscando”. “Justicia no hay, siempre esconden la justicia[.] Hasta que […] muera [va] a seguir buscando la verdad”. Solicitó a la Corte Interamericana que ordene que el Estado les “diga dónde están los restos; […] dónde están sus cabezas […], dónde los tienen”. c) Víctor Andrés Ortiz Torres, padre de Luis Enrique Ortiz Perea Su hijo ingresó a la Universidad de La Cantuta con la idea de concluir los estudios y viajar a México para “tratar de superar sus estudios”. Como estudiante, su hijo “reclamaba por los excesos de los militares dentro de la universidad”. Cuando se enteró de la desaparición de su hijo pensó “que en algún momento lo […] encontrar[ían] en algún sitio, maltratado por efecto del trato que los militares siempre hacen”. Posteriormente, sintió “que lo había perdido […] y que iba a ser difícil encontrarlo, porque ya se conocía de la actitud de los militares”. Su familia se sentía imposibilitada de hablar. Parecía que todas las autoridades “tuvieran la orden de callarse”. Han realizado diversos gastos durante los años de búsqueda. Asimismo, su hija Gisela realizó muchos gastos y no tiene trabajo por haberse dedicado a buscar justicia. “Los militares […] se extralimitan; deciden la vida de las personas con el pretexto que son terroristas”. De hecho, en el caso de La Cantuta “los militares han logrado difundir la idea [a nivel] nacional que todos los que han muerto ahí son terroristas y que sus familias son terroristas.”

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