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la caza”, argumentando que reproducir ese sistema de vida en la actualidad
demandaría una enorme cantidad de tierras por un lado, y privaría a los miembros
de comunidades indígenas de “evolucionar” y acceder a “los beneficios de la
civilización”. El otro argumento tiene una supuesta visión económica, pues sostiene
que las reivindicaciones territoriales indígenas significan un perjuicio grande al sector
pecuario como al proceso de inversiones y reinversiones.
El Paraguay se diferencia de los demás países de la región por la alta proporción de
la población que sigue habitando en zonas rurales, zonas que, a su vez, se
caracterizan por concentrar a la mayor población pobre del país. Así, datos recientes
sugieren que el Paraguay se sitúa en la actualidad como la primera sociedad más
desigual de la región. La desigualdad se evidencia en la estructura agraria nacional,
reflejada por la distribución de tierras. Varios estudios han encontrado resultados
dramáticos en cuanto a la tenencia de tierras en el Paraguay. La ganadería utiliza
alrededor de veintidós millones de hectáreas, mientras que la agricultura utiliza cerca
de siete millones de hectáreas. El sistema de producción extensiva que predomina en
los establecimientos ganaderos del Paraguay es la principal causa de la mala
distribución de tierras en el país. Como claro ejemplo se puede mencionar que las
explotaciones ganaderas constituían en 1991 tan sólo el 1,5% del total de las
explotaciones y, sin embargo, detentaban casi el 80% de las tierras productivas.
La alta proporción de tierras con pasturas y montes naturales sugiere que la
ganadería es por mucho la actividad económica de mayor importancia en cuanto al
uso de recursos productivos en el Chaco. En el contexto de desigualdad, es difícil
encontrar una razón lógica que justifique esta estructura de propiedad de la tierra.
En primer lugar, un indicador inicial de cuan ineficientes son los establecimientos
ganaderos puede surgir de la simple comparación de la cantidad de recursos
utilizados por este sector y su contribución a la economía nacional. A pesar de que la
producción agrícola utiliza tan sólo un tercio de la superficie detentada por los
ganaderos, esta actividad triplica a la producción pecuaria en su participación al
Producto Interno Bruto (PIB) y tiene una participación mucho mayor en las
exportaciones. Un estudio realizado en el país encontró una clara relación inversa
entre la productividad de la tierra y el tamaño de las fincas.
Reformas institucionales que faciliten la reasignación de tierras contribuirían a un
aumento de la producción agropecuaria, así como a la disminución de los niveles de
pobreza. Basándose en el tamaño de las explotaciones ganaderas del Chaco, se
puede aducir que la ganadería en esta región es predominantemente extensiva,
caracterizada por los pocos esfuerzos para maximizar ganancias y garantizar el
rápido retorno financiero de las inversiones. Por otro lado, la importancia de la
ganadería para la generación de empleos es insignificante en lo que se refiere a la
“calidad”. Si analizamos las condiciones de empleo que frecuentemente ofrecen los
establecimientos ganaderos del Chaco a los trabajadores indígenas, el trato es
absolutamente condenable.
A pesar del marco jurídico que reconoce y exige el respeto de los derechos de los
pueblos indígenas, el Estado es responsable de la situación de marginalidad, miseria
y denigración en el que se encuentran estas comunidades. Esta situación se
sustenta, en gran parte, en la denegación del derecho constitucional al territorio. Así,
siguiendo el Informe de Derechos Humanos del Paraguay de 2002 se observa que las
tierras aseguradas para indígenas en la región Oriental alcanzan unas 66.356
hectáreas y en la región Occidental unas 972.256 hectáreas, y no llegan a cubrir el
mínimo establecido por la ley. De acuerdo con el Censo Nacional Indígena del año