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cuanto la tortura tiene como objetivo no sólo “la desintegración física y psicológica
de la víctima, sino también de su grupo”.
El grupo familiar resulta afectado cuando una situación traumática de esta severidad
afecta a uno de sus miembros. Las personas que están sometidas a tales
circunstancias, padecen los efectos de estar en una situación sin salida, de absoluto
desamparo, denominada “encerrona trágica”, en la cual la vida de un sujeto queda
expuesta al deseo arbitrario de la vida o la muerte por otra persona. Esto se
presenta especialmente en casos en los cuales las víctimas resulten asesinadas, pues
irrumpe en el seno familiar un sentimiento de terror por cuanto, en general, los
hechos son causados por instituciones que en principio deberían garantizar su
seguridad y resguardo.
Así, el “estrés post traumático” puede ser definido como “una reacción severa a
situaciones de crisis tales como guerras, catástrofes, [y] atentados [...], que deja
secuelas no siempre aparentes, capaces de provocar en quienes la padecen, severas
fallas de adaptabilidad en las áreas sociales, familiares, laborales y creativas, así
como trastornos de diversas características que, de cronificarse, pueden llevar a la
invalidez total, cuando no a la muerte”.
Las traumatizaciones tienen una perdurabilidad en el tiempo y resulta difícil que
cicatricen hasta tanto no haya alguna posibilidad de que el duelo por el familiar
perdido pueda terminarse. El duelo, en una situación normal, es un proceso de
elaboración psicológica trabajoso y penoso, pero que tiene la posibilidad de cerrarse
con la aceptación de la muerte como algo “irreductible a todo ser humano”. En el
caso de los duelos patológicos, se trata de duelos que se cronifican y no terminan
porque no hay respuesta acerca de la causa de la muerte, ante lo cual el familiar
siente que es el responsable de la muerte de su ser querido.
El duelo patológico además provoca que el sujeto se quede solo, se retire de la
realidad y construya su propio mundo. Asimismo, los lazos afectivos preexistentes
pueden ser destruidos como, por ejemplo, en el caso de la testigo María Ildefonsa
Paniagua, que culpaba al padre de la víctima de no haberla protegido lo suficiente.
Cuando no hay un culpable o un responsable, hay que encontrarlo a cualquier precio.
Es una característica del psiquismo humano, la necesidad de tener causalidad y
explicación a sus preguntas. Cuando no las haya, las crea. Se trata de
construcciones o verdades delirantes.
Además, en todas las familias que atraviesan un duelo patológico se produce una
suerte de atemporalidad: el ayer es hoy, el acontecimiento siempre está presente. Es
característico también la falta de explicaciones para la causa de la muerte y la falta
de habilidad para ligarse a otros “objetos amorosos” después de la pérdida de una
persona querida.
En todos los familiares entrevistados existe un antes y un después de la situación
traumática por la que atravesaron, de manera que se dio un cambio absoluto en su
vida. Cuando un duelo se cronifica, las personas pierden el interés por el mundo
externo y se da un sentimiento de desesperanza. Al respecto, en el caso de los
padres de las víctimas, ninguno de ellos ha podido hacerse cargo, no sólo de sí
mismo, sino de su trabajo y del resto de su familia, como lo hacían antes. El duelo es
“absolutamente insoportable e inelaborable para los padres [y] generalmente los
hermanos son los que buscan suturar de alguna manera el dolor de los padres”.
Estos últimos eran quienes cuidaban, protegían y sostenían a sus hijos. Esto se
invierte luego del trauma y son los hijos los que pasan a hacerse cargo de los