tecnológicos (el deep fake) o la constatación del sesgo racial o de género de los presuntamente infalibles e inocentes algoritmos, ha situado la fase de prueba en un estado de indeterminación en la que, como todo es posible, terminan aflorando motivaciones personales, sociales, etc. Sin estándares comprensibles, con disparidades tecnológicas insalvables entre las partes, la valoración objetiva de la prueba parece una quimera. Con todo, la cuestión de la verdad ha dado un salto que podríamos calificar de extraprocesal. Efectivamente, lo que se da en la actualidad es la construcción deliberada de una realidad paralela total (ni verdadera, ni falsa en el sentido clásico de la palabra) por parte de agentes con intereses concretos, que no sólo no ocultan sus intenciones (el Metaverso), sino que logran la colaboración espontánea de los propios sujetos "engañados" por esta realidad paralela, que, en una forma de escapismo radical, se vuelven cómplices de su expansión: en lugar de huir de la realidad, construyamos socialmente una paralela. Este estado de cosas no puede ser afrontado en sede judicial, porque rebasa y envuelve al proceso, sino que exige una respuesta en términos de políticas públicas. Adquiere así una dimensión más de derecho social o colectivo (como la paz o el ambiente sano), que de garantía individual. Un estado de cosas para el que no es satisfactoria la solución individual (extraer una coyuntura, unos actos o unos sujetos concretos del mundo paralelo para insertarlos (¿momentáneamente?) en el mundo (¿real?) del proceso), sino que pone en cuestión elementos estructurales de las relaciones sociales.” Hasta aquí seguimos al doctor De Cabo y colocamos como contexto su importante reflexión. La ideología, el cinismo y la post-verdad

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