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puede generar esa experiencia. En este caso, en que los responsables fueron
agentes de la policía, emocionalmente causa más dolor y es más difícil de incorporar
la idea de lo que ha sucedido, porque son los agentes del gobierno los que deben
proteger a la población.
Cuando la muerte no es natural sino que es resultado de “ejecuciones
extrajudiciales”, el proceso de duelo de los familiares sobrevivientes es diferente. El
proceso normal de duelo consiste en cuatro etapas: negación del hecho de la muerte,
enojo, depresión y aceptación de esta. En casos de muertes que se deben al curso
normal de la vida, existe una explicación de lo sucedido de acuerdo a los recursos
ideológicos y culturales de cada persona. Cuando la muerte corresponde a una
ejecución extrajudicial, esa circunstancia agrava, interfiere o impide el proceso de
duelo. Entonces, el duelo puede durar toda la vida o puede no producirse nunca;
todos los estados y emociones descritos se quedan “enquistados” y aparecen
alternativamente en distintos momentos de la vida.
Puede demostrarse científicamente que, dado el orden natural de la vida, se
producen efectos distintos cuando los padres tienen que enfrentar la muerte de un
hijo; esta última situación es siempre más difícil de superar que la muerte de los
padres. Para los hermanos, el efecto es de alguna forma diferente. Ellos pueden
ponerse en la posición del hermano fallecido y pensar que les puede ocurrir lo
mismo. Eso puede producir alguna disfuncionalidad, que puede ser momentánea, y
es una fuente de sufrimiento.
Los efectos emocionales de un trauma de esta naturaleza crean la posibilidad de
agravar una enfermedad física o mental, dada la naturaleza unitaria del ser humano.
Eventos traumáticos que desequilibran el sistema psíquico llegan a tener una
repercusión en el organismo. Existen investigaciones acerca del compromiso neurofisiológico y biológico del trauma, que repercute en distintas funciones del organismo
y que puede generar, producir o despertar una condición nueva o latente. Ese es el
caso de una diabetes o una psicosis, tenga o no la persona antecedentes familiares
de esas enfermedades.
La única posesión de los pobres son los hijos. Es lo único que crean y poseen y en
parte un medio de seguridad para el futuro. Estas personas, en general, no tienen
acceso a los sectores formales de trabajo, no se jubilan, ni tienen pensión, y esperan
que sus hijos les ayuden cuando estén más viejos. La situación de pobreza no
interfiere en absoluto en los vínculos afectivos entre madres e hijos. La dinámica
psicológica que se da en los núcleos familiares en donde hay niños de la calle, no es
diferente de cualquier otra dinámica psicológica, pues los niños buscan la calle como
centro social y para trabajar. La condición de pobreza intensifica los lazos afectivos
con los hijos porque es todo lo que los padres tienen y los hijos ocupan un lugar muy
especial en las vidas y emociones de las personas pobres.
En relación con las entrevistas realizadas con las testigos, se detectaron semejanzas
o patrones comunes en la reacción de los familiares frente a las violaciones y la
pérdida de sus seres queridos.
La señora Ana María Contreras ha tenido la experiencia de vivir en la calle. Ella fue
abandonada o puesta por su mamá en una casa, donde tenía que hacer los trabajos
domésticos. En esa casa fue maltratada, y a los 13 años se fue de ésta. Asistió a la
escuela nocturna. Es una persona que tiene bastante integridad de personalidad,
bastante energía, muy inteligente y con la ambición de darle educación a sus hijos,
de sacarlos de la pobreza. A sus 17 años nació Henry Giovanni. A esa edad tener un