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Visitó las cárceles, incluyendo el Instituto. Por ello, tuvo contacto con los recluidos
en éste, ya que les hacía entrevistas para conocer su historia y saber si estaban
asistidos profesionalmente.
La situación en la que se encontraban los internos en el Instituto era infrahumana,
por el estado de hacinamiento y por las condiciones insalubres en que vivían los
internos. En el momento del incendio la población en el Instituto ascendía a cerca de
200 reclusos. Se tenía conocimiento de la existencia en el Instituto de muchas
enfermedades infecto-contagiosas como tuberculosis, sífilis y hasta SIDA. Por otro
lado, no existían registros ni datos estadísticos de los reclusos, los delitos y la
duración de las penas. Todo esto hacía imposible cumplir con uno de los fines de la
pena, que es la rehabilitación de los reclusos a la sociedad.
Los delitos más comunes de los internos del Instituto eran robo, hurto, sustracciones
y también algunos homicidios o asaltos agravados. Había un alto nivel de
reincidencia con agravamiento en los delitos cometidos. Además, había algunos
internos que estaban recluidos por el tiempo mínimo de la pena de la que se les
acusaba y, una vez cumplido dicho plazo, se les liberaba, sin que el Juez supiera si el
interno era culpable o inocente. Asimismo, se daba el caso en que algunos internos
que habían cumplido su pena seguían recluidos porque no estaban asistidos
legalmente y no les llegaba la orden de liberación.
En el Paraguay faltan leyes que regulen dichas faltas y contravenciones, aun cuando,
con la reforma penal, existan hoy en día figuras como las multas y las penas
sustitutivas para los delitos menos graves. Asimismo, al no existir una reforma
profunda en las leyes penitenciarias, los reclusos permanecen presos en condiciones
infrahumanas sin conocer las sentencias, por lo que generalmente no pueden
reinsertarse en la sociedad, debido a que no están psicológicamente asistidos para
superar lo que han tenido que pasar.
Es difícil saber el promedio del tiempo que estaban recluidos los menores, ya que no
existen estadísticas ni registros en las cárceles en general, y menos en el Instituto.
e) Peritaje de Carlos Arestivo, psicólogo
Desde 1996 formó parte del Grupo Calle Escuela, de la Fundación Tekojojá y del
proyecto AMAR (Asistencia a Menores de Alto Riesgo), por lo que estaba en contacto
permanente con los denominados “niños de la calle” y, por ende, con los lugares de
reclusión.
El Instituto era una residencia para aproximadamente 15 ó 20 personas; sin
embargo, había cerca de 150 menores recluidos. Las celdas tenían una dimensión de
5 metros por 5 metros, en las cuales se encontraban cerca de 50 menores. La
temperatura en el verano no era menor a los 40 grados centígrados y las celdas sólo
tenían un ventilador de techo. Los internos tenían como máximo dos horas de
esparcimiento en el patio de la casa, en el cual también había hacinamiento, ya que
éste tampoco era muy amplio. El olor nauseabundo del Instituto era insoportable. La
cocina estaba situada frente a los baños públicos y la comida era totalmente
desagradable, ya que se preparaba en el suelo de la cocina.
Cualquier persona sometida a este proceso de internación sufre consecuencias
psicológicas. En el caso de estos niños, desde el momento mismo de su arresto son