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manifiesta de manera diferente y no siempre es evidente por el modo cultural de
producción que no incluye la práctica de transformación masiva de la naturaleza, y
por el notable ajuste con el medio que estos pueblos adquirieron a lo largo de las
generaciones. A pesar de la sutileza con que aparecen los signos de la posesión, los
sitios de asentamiento periódico, las aguadas, los pozos, los territorios de caza, las
zonas de recolección o de pesca, los casi imperceptibles cementerios, etc., están
marcados de forma indeleble en la memoria histórica de estos pueblos. Esa
memoria histórica, indisociable de la geografía, es la principal señal de posesión
tradicional.
La relación que los indígenas mantienen con la tierra en la que habitan es de una
calidad tal que su desvinculación de la misma implica riesgo cierto de una pérdida
étnica y cultural irreparable, con la consecuente vacante para la diversidad que tal
hecho acarrearía.
Los cazadores-recolectores móviles recorrían su territorio utilizando la naturaleza en
la medida en que los recursos propios del ciclo anual y la tecnología cultural les
permitían aprovecharla. De este modo, las actividades de producción tradicionales
estaban ritmadas por las condiciones estacionales y por la existencia consecuente,
en determinados momentos, de ciertos bienes en las diversas partes del territorio
que cada pueblo ocupaba. La ocupación que realizan los indígenas de su territorio
no tiene nada de azaroso o esporádico si la observamos desde la óptica de la
racionalidad interna de cada cultura. El territorio, la totalidad del espacio que una
banda utilizaba y por el que circulaba, era en definitiva una gran vivienda que una
enorme familia utilizaba completamente a lo largo del ciclo anual.
La relación que los indígenas mantienen con la tierra tiene asimismo aspectos no
utilitarios. Los ámbitos cosmológicos de los chaqueños están regidos por “señores”
de los entes que lo componen, con frecuencia especies o grupos de animales o
plantas. Estos “señores” simbolizan al conjunto y representan, de algún modo, la
potencia de la especie o del grupo de que se trata. Además esos personajes causan
ya enfermedades o disturbios de la personalidad, ya desgracias o catástrofes del
medio ambiente. Los chamanes chaqueños operan el éxtasis para comunicarse con
ellos y tratar así de negociar la terapia o la buena voluntad de esos seres según las
necesidades de quienes a ellos recurren. Chamán, curandero, mago o brujo pueden
ser sinónimos en el Gran Chaco. Esto es así porque desde el punto de vista funcional
el chamán es un curandero, un agente al servicio de la salud, un médico ocupado de
ayudar a su gente a mantener equilibrio con la vida; desde el punto de vista religioso
los chamanes son intermediarios con seres poderosos que interactúan con los
hombres; y, desde el punto de vista de la estructura de la sociedad, el chamán, que
ocupa una posición única y necesaria, a menudo lidera alguno de los órdenes
sociales propios de los indígenas chaqueños.
Entre los indígenas del Chaco se piensa que la compasión que los hombres provocan
a dichos seres es lo que hace que ellos permitan la tarea productiva en los espacios
que rigen y otorguen los bienes que hacen posible su subsistencia. Esta manera de
pensar puede resumirse en la fórmula “vivir con la naturaleza”, a diferencia de la que
prevalece en nuestra cultura, en la que el bien económico está parcialmente
identificado con el control de la naturaleza, resumible con la fórmula “vivir de la
naturaleza”.
En el siglo XIX cuando Argentina, Bolivia y Paraguay se establecieron como naciones
independientes, la mayor parte de la región chaqueña, en medio de los tres Estados