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segregación de los niños y jóvenes en situación de calle y “bajo sospecha” de pertenecer a
una mara, y la política de “cero tolerancia” del Estado, entre otras.
Según datos de 2003, en Honduras el 50.4% de la población era menor de 18 años de
edad. El 66% de niños y niñas entre 0 y 14 años de edad se encuentran bajo la línea de
pobreza. Pese al importante andamiaje jurídico con que cuenta el Estado, en el que
reconoce el interés superior del niño, no se ha logrado en la práctica mejorar la situación
general de la infancia y la juventud hondureña, ya que se carece de políticas y planes
rectores en la materia.
b)
Carlos Tiffer-Sotomayor, abogado
La violencia actual en Centroamérica es resultado de un largo proceso estructural vinculado
con problemas de índole social, económico y político-militar. En los últimos años se ha
expandido un fenómeno de violencia juvenil, que en el caso de Honduras ha alcanzado el
nivel de pandillas juveniles. Dichas pandillas con frecuencia se ven involucradas en
actividades ilegales como consumo de drogas, actos de violencia con otras pandillas y
comisión de delitos contra la propiedad, como robos y hurtos, y en algunos casos una
delincuencia relacionada con delitos contra la vida, la libertad sexual, el narcotráfico o los
secuestros extorsivos. Sin embargo, no es cierto que el factor de la niñez y adolescencia
sea el determinante en un fenómeno de inseguridad. Además, habría que agregar la
importante diferencia entre la verdadera cifra de criminalidad y el fenómeno de la
percepción de la ciudadanía sobre el crimen y sobre la seguridad o inseguridad en una
sociedad. Esta diferencia entre percepción y realidad se encuentra generada por algunos
medios de comunicación que exacerban los temores de la población, en cuanto a la violencia
y la inseguridad que generan las llamadas pandillas juveniles.
En Honduras la respuesta estatal tiene una acentuación en la represión, no sólo institucional
sino incluso privada, que busca eliminar la violencia con más violencia, configurando una
política pública completamente equivocada. La verdadera seguridad ciudadana se logra con
una sólida seguridad social. La violencia tiene una estructura social en forma de espiral, es
decir, si ante una reacción violenta se responde con más violencia, es seguro y probable que
se tenga una violencia mayor.
Cuando esta represión va enfocada hacia niños y
adolescentes, la problemática y la dimensión de la respuesta violenta son mayores, pues
ellos incorporan la violencia como patrones culturales, por lo que serán adultos también
violentos. Las políticas públicas debían ser orientadas a políticas sociales y, especialmente,
educativas. A su vez, la mejor política criminal debe de ser una buena política social,
especialmente al tratarse de las pandillas juveniles o maras. La política criminal orientada
sólo a la represión está condenada al fracaso.
La estigmatización que sufren los niños y adolescentes los convierten de victimarios a
víctimas, y produce un fenómeno de exclusión tanto por parte de la población como
mediante una auto exclusión. Al ser percibidos como los responsables de la inseguridad
ciudadana, ellos mismos incorporan esta percepción y se consideran fuera de la sociedad.
Dicha estigmatización acentuará la estratificación y las diferencias de clases sociales.
Es necesaria la elaboración de una política pública de niñez y adolescencia que considere la
prevención, antes que la represión, y un preponderante fin educativo, que minimice la
intervención estatal y que flexibilice y diversifique la reacción penal, y que ofrezca mayor
reflexión y un análisis multidisciplinario. Medidas concretas son necesarias, tales como
priorizar la política social junto con estudios de costos de la violencia, redistribución de la
riqueza y ofrecer a todos un mejor nivel laboral y facilidad de recreación sana para los
jóvenes.