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que los de la policía tomaron huellas digitales y un odontólogo los odontogramas; que él hizo los
protocolos de necropsia y los certificados de defunción; que actuó bajo las órdenes del juez de la
marina; que de las 38 necropsias que suscribió hay diez y siete en que se indica herida de armas
de fuego como causa de muerte y 21 por aplastamiento; que en algunos casos las heridas de bala
eran múltiples y no eran a corta distancia; que la identificación estaba a cargo de la Policía de
Investigación; que en cuatro certificados de defunción se pusieron los nombres de los difuntos los
que le fueron suministrados por el juez; que no encontró esquirlas en los cadáveres; que los
cuerpos que examinó estaban más o menos enteros, salvo tres que no tenían cabeza y que las
necropsias las hizo los días 19 y 20 de junio, varias en julio y cinco el 22 de enero de 1989.
55.
El testigo Juan Kruger Párraga, médico anátomo-patólogo, declaró que hasta el año 89 fue
Jefe del Departamento de Patología del Centro Médico Naval, con el grado de Capitán de Navío;
que el objeto de la necropsia, entre otros, es determinar la causa de la muerte porque la
identificación de los cadáveres corresponde a la Policía de Investigaciones en el Perú; que no es
parte de la misión del médico la identificación; que fue llamado a practicar necropsias en la Isla
“El Frontón” y la primera vez que estuvo allí fue el 5 de julio de 1986 y la última el 22 de enero de
1987; que hizo 23 necropsias y en todas señala que “[a]lgunos estaban en, o la mayoría estaba,
en estado de putrefacción” y muchos tenían fracturas múltiples por aplastamiento; que ninguno
de los protocolos de autopsia que él firmó identifica a la persona; que en las necropsias
intervinieron odontólogos que hicieron odontogramas en los casos en que se encontraron piezas
dentales y fueron entregados al Juez de Marina; que algunos de los cadáveres tenían ropas civiles
pero en los protocolos no consignó estos datos; que no encontró en los cadáveres rastros de
heridas por arma de fuego; que por el estado de los cadáveres no podía determinar si uno murió
el 18 o el 19; que cada necropsia duraba dos horas o más; que en pocos cadáveres encontró
signos de quemaduras.
56.
El perito Robert H. Kirschner, médico y patólogo forense, declaró que es Sub-Jefe Médico
Examinador y suplente del principal del Condado de Cook, Illinois, en Chicago, y sus alrededores;
que en su carrera ha hecho más de 7,000 autopsias y describió algunas de sus experiencias;
opinó que en el caso del penal en el Perú, las autoridades debían, como es usual, tener huellas
digitales de los internos y hubiera sido fácil compararlas con las de los cadáveres, lo mismo que
los odontogramas, tatuajes y cicatrices antiguas, para lo cual la ayuda de la familia es muy
importante; que el 20 de junio hubiera sido muy fácil, teniendo la información necesaria,
identificar todos los cadáveres; que es muy importante fotografiar y hacer diagramas del sitio de
un desastre antes de levantar los cadáveres, incluso para determinar la causa de la muerte; que
las necropsias fueron hechas profesionalmente, pero que hubo falta en los encargados de las
identificaciones; que incluso ahora muchas identificaciones podrían hacerse, aún sin exhumación,
especialmente si hay cooperación de los familiares; que son pocos los casos en que no se logra la
identificación; que una explosión interna dejaría huellas perceptibles en el cuerpo.
57.
El perito doctor Clyde C. Snow, médico y antropólogo-forense declaró que a partir de 1984
ha sido llamado muchas veces fuera de los Estados Unidos para investigar en casos sobre
desapariciones o ejecuciones en masa en Argentina, Bolivia, Chile, Guatemala, El Salvador, Irak,
Kurdistán y la ex Yugoslavia; que muchos de esos casos eran más difíciles que el de “El Frontón”
porque en éste se contaba con una lista de los internos y en los registros penitenciarios debió
haber descripciones físicas, huellas digitales, evidencia dental, etc.; que la momificación en cierto
modo facilita la identificación, en particular por las huellas digitales y marcas en la piel; que
estadísticamente es improbable que un médico haya encontrado diez y siete cadáveres con
heridas de bala entre 96 y los otros dos médicos no hayan encontrado ninguno; que en un edificio
más grande que el Pabellón Azul el levantamiento de cadáveres e identificación se hizo en dos o
tres semanas; que si él hubiera sido llamado para identificar los cadáveres de “El Frontón”, habría
reunido primero todos los datos sobre las víctimas y luego fotografiado cada cadáver en el sitio en
que fue encontrado; que aún siete meses después del suceso se hubiera podido hacer la