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las autoridades rechazaron todas sus peticiones.
Pedro Iván Peña no aprendió nada en el Instituto. Al contrario, olvidó todas las cosas
buenas que había aprendido en su familia, los buenos modales y el estudio. Él era
una persona buena y tranquila, pero “todo eso terminó cuando entró ahí. Después
del incendio, él quedó medio loco, traumado por los malos tratos. Él ya no es quien
fue antes; ahora es un espanto, digamos, mentalmente.”
Los muchachos que tienen antecedentes penales tienen persecuciones permanentes
y no les dan trabajo. Si trabajan en la calle, la policía, que ya los conoce, los vuelve
a detener y, si no les dan dinero, los llevan a la comisaría y buscan algo nuevo de
qué culparlos y los llevan a los reformatorios, que son más bien “malformatorios”, ya
que los “deforman mental y espiritualmente”.
Lo que le ha pasado a su hermano ha afectado bastante a la familia en el ámbito
emocional y, además, sufren persecuciones. Los policías entran a su casa sin orden
judicial, persiguiendo a su hermano.
Solicitó a la Corte una mejor vida y educación para todos los internos que ahora
están en Itauguá. Asimismo, pidió protección para su hermano, para ella y para toda
su familia, ya que son perseguidos por policías.
b) Testimonio de Clemente Luis Escobar González, ex interno del Instituto
Fue interno del Instituto y, al momento de la declaración, se encontraba en el Penal
de Máxima Seguridad de Emboscada. Sin embargo, debería haber obtenido su
libertad el nueve de febrero de 2004, sin que hasta el día 30 de marzo del mismo
año se hubiera dado cumplimiento por el juzgado de ejecución de sentencia.
El testigo vivía en “alquiler” y, aunque “nunca conoció el cariño de una madre ni de
un padre”, su abogada lo “trata como a un hijo.”
La primera vez que entró al Instituto tenía 13 años, pero él no había cometido el
delito. La segunda vez un abogado le dijo que lo iban a condenar a 18 años y otro le
comentó que a tres.
El Instituto era un desastre. Había un sótano que usaban como “sala de tortura” en
la que, como castigo, colgaban a los internos de una barra de hierro con las manos
esposadas por una hora. Además de eso, él se rompió el tobillo y lo atendieron
hasta dos meses después. A los celadores no les interesaba nada, pero cuando
llegaban observadores de derechos humanos los trataban de otra forma. Por eso,
tomaron como rehén al Jefe Ortiz. Después de dicha situación, los internos tenían
miedo que les pusieran veneno en la comida. Si se equivocaban en las clases de
computación los castigaban. Ya ni quiere acordarse de lo que pasaba en el Instituto
porque todo el día le pegaban, debido a que decían que él era cabecilla del grupo.
En los dos primeros incendios los internos quemaron colchones para defenderse de
los maltratos que recibían por parte de los guardias del Instituto, quienes los
golpeaban “hasta más no poder”. Los únicos que les ayudaron a salir del pabellón
ocho fueron los del pabellón tres. Él se había quemado un poco, pero regresó para
sacar de la celda a otro compañero y se quemó más. Estuvo cinco días en el
sanatorio y después lo llevaron a la Sanidad de Tacumbú.